SHAKESPEARE ESTABA equivocado: no todo es «ser o no ser». Hay algunas cosas que ni son ni no son. Por ejemplo, los Reyes Magos. Curiosamente, era de niño cuando menos creía en ellos: me parecía sospechoso su desprendimiento, su longevidad, su aparatosa manera de trabajar. Ha sido con los años y con la de cosas raras que he visto, cuando he empezado a creer que casi todo es posible. Incluso la existencia de tres monarquías del Golfo Pérsico dedicadas íntegramente a actividades como la astronomía y el reparto gratuito a domicilio. Desde entonces he visto Belén, también. Mucho. Durante casi dos años tuve oficina a pocos metros del Portal de Belén, y mi ventana daba directamente sobre Beit Sahour, donde la tradición quiere se les apareciera el ángel a los pastores. Diariamente cogía el taxi colectivo en la Puerta de Damasco de Jerusalén hasta Belén, y luego recorría a pie la calle de la Estrella por la que, también según la tradición, habían entrado los Reyes Magos siguiendo lo que hoy llamaríamos «informaciones todavía no contrastadas». Era entonces fácil pensar no sólo que los Reyes existían, sino que los Reyes éramos nosotros: los funcionarios de las Naciones Unidas que trabajábamos en aquello que, en abierta exageración, llegó a llamarse «el proceso de paz». Allí estábamos construyendo el «Centro de la Paz», en la misma plaza del Pesebre, y restaurando la misma calle de la Estrella con nuestro oro, incienso y mirra (sea esto último lo que sea). Pero entonces llegó el ángel y anunció a los pastores «guerra a los hombres de buena voluntad». Y a las mujeres. Y los dos años siguientes me tocó cubrir esa guerra como periodista. El «Centro de la Paz» se convirtió en centro de mando del ejército israelí y sobre Beit Sahour volaban ya sólo los helicópteros. Volví a recorrer la calle de la Estrella, pero esta vez vestía un chaleco antibalas y no había ningún presente a la vista. Ni ningún futuro, si se nos permite el chiste fácil. Acabo de ver en televisión las imágenes del Muro que han construido los israelíes cercando Belén y mientras veo pasar la cabalgata de Reyes desde mi ventana en Madrid, inevitablemente, me he acordado de todo aquello. Es lo que ocurre con Belén: es imposible olvidarlo, porque está en todas partes, y sobre todo en la imaginación, que es un lugar que, como decía al principio, ni existe ni no existe. Como Belén. Como los Reyes.