DEL EMOTIVO discurso, en el Parlamento, de Pilar Manjón, en nombre de las víctimas del 11-M, la opinión pública (y de rebote los políticos) ha hecho un monumento a la condición humana. Pilar Manjón, en tono emotivo, dolorido y sin embargo duro y directo, además de acusar a sus señorías, los comisionados, de su falta de sensibilidad por lo único que de verdad importaba y es la muerte de 192 personas, denunció con reiterada contundencia a los medios informativos de hurgar en la tragedia humana con imágenes y comentarios que, en algunos casos, no respetaban el dolor y la dignidad de las víctimas. Quizás era una acusación un tanto excesiva y, en líneas generales injusta, peso una madre que ha perdido a un hijo de 20 años de manera tan brutal no puede entrar en matices (Para matices ya están los políticos y alguno de ellos hasta la exageración). Desde entonces, y probablemente sin pretenderlo, el discurso de Pilar Manjón se ha convertido en una referencia para el autocontrol de la libertad de expresión, cuando ésta pudiera colisionar con los sentimientos, las conductas, la intimidad y la dignidad de las personas. Así lo manda la Constitución y, por tanto, no admite dudas. Sin embargo, el derecho a la libertad de expresión no puede mangonearse porque algunos medios desaprensivos hayan cometido un exceso ni las respetables críticas de las víctimas pueden servir de pretexto para intentar parcelar la información en razón de criterios e intereses oportunistas. Es el caso del recién nombrado Alto Comisionado para la víctimas del terrorismo, el catedrático Peces Barba, quien, en su primera declaración pública solicitaba que no se reproduzcan más las imágenes del atentado del 11-M porque «ya todo el mundo las ha visto...». El flamante responsable de los derechos de las víctimas se erige, no sólo en defensor de todas ellas, que es su importantísima misión, sino también y sin que nadie se lo pida expresamente en custodio de la libertad de expresión en esos graves sucesos que, por desgracia, son tan frecuentes en nuestra sufrida España. Es cierto que la dignidad de las víctimas exige la ineludible responsabilidad de los medios informativos para mantener el equilibrio entre dos principios fundamentales de la democracia: el derecho a la intimidad y el de la libre información de lo que pasa e interesa a la sociedad. Un suceso tan brutal como el de Madrid se ha quedado incrustado, como metralla, en los sentimientos más profundos de todos nosotros. El emocionante discurso de Pilar Manjón es el más expresivo ejemplo de que la tragedia está viva, no ha perdido en absoluto su actualidad ni la perderá nunca. El recuerdo informativo, inolvidable, de lo que pasó aquella trágica mañana, contribuye a perpetuar la condena de la salvajada, a no relajar nuestros sentimientos y a recargar nuestras conciencias. La información, con su carga dramática -claro está, dentro de unos límites de respeto a la dignidad de las víctimas- es un tratamiento de choque contra el virus de la indiferencia. El señor Peces Barba quiso ponerse al lado de las víctimas en una lógica reacción de las responsabilidades de su cargo y en consecuencia con el deseo expresado por Pilar Manjón. Pero, así como ella tiene razones respetables y comprensibles para pedir que cese el «ensañamiento» mediático, junto a otras exigencias de mayor calado político, el Alto Comisionado hace de ese discurso su programa-marco y sus primeras palabras son para proponer una libertad de expresión con sordina, que no se recuerde tanto la tragedia, que se archiven los sentimientos, porque ya todos conocemos lo que pasó... como si se tratase de una película.