La marcha Radetzky

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

03 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

PARA MÍ comienza el año, el nuevo año, el año nuevo, cuando escucho al mediodía del día primero los acordes de la marcha Radetzky. Desde que entró el televisor en la vieja casa familiar, saludamos el año a los acordes de la composición de Johann Strauss que cierra el concierto de año nuevo retransmitido desde Viena, justo antes de que los esquiadores transalpinos ejerciten sus habilidades por los eslálones gigantes repartidos por la nación sin fronteras de la nieve. En mi casa es una tradición casi tan entrañable como el turrón que siempre vuelve a casa por Navidad. Este año, por primera vez, no ha podido ser así. Joseph Roth, el genial escritor europeo, dejó constancia escrita acerca del general austríaco que combatió en la Lombardía contra los italianos en el libro que lleva el mismo título que la marcha que inaugura mi nuevo año. Aguardo que llegue junto al mar, porque todo lo nuevo y lo bueno viaja siempre a caballo de las olas, la mar nos trae las novedades y es la despensa que nos nutre, el viejo año que concluye se va con el viento hacia algún lugar de la meseta, el viejo año se deshilacha en jirones de brisa y diseña en el aire los primeros rincones del infinito. El año que debuta es siempre la nao capitana que guía a los doce meses que han de venir, llega engalanada, empavesada con gallardetes de colores, que subrayan el carácter festivo del primero de los días. Espero al año junto al mar de mi pueblo que en ocasiones viene revuelto y que regularmente me identifica, cuando llueve después de las doce campanadas que suenan en el reloj de la torre, lluvia y mar son sólo uno, una sinfonía de agua que preludia un invierno lluvioso, si por el contrario hiela, y las gotas de rocío adornan los campos con el manto mágico de la escarcha, la noche es víspera del sol tibio que se cuela por las rendijas del invierno y augura una bonanza certera en lo climatológico. Después de mi saludo a la mar del norte, al mar de los ártabros y de san Gonzalo que derrotó desde por aquí a la flota normanda, tarareo una vieja melodía y me dispongo a contar el rosario de las horas que median hasta que en el televisor suene sinfónica la marcha Radetzky, celebrando que el año ya ha llegado y que es nuevo en todos los lugares de la Tierra. Está claro que la popular marcha es la banda sonora de cada nuevo año, y por un momento Viena, la pulcra y edulcorada capital de Austria, se convierte en el centro del mundo, es la última de las batallas que ganó el viejo mariscal que vence cada año derrotando a los enemigos con un ejército de corcheas en un territorio que sólo viene en las partituras. Cuando la nave dobla el cabo de la medianoche del día 31 de diciembre yo brindo por todos ustedes. Junto al mar.