EL MUNDO ha cambiado enormemente. O quizá no tanto, sólo que ahora podemos ver sin pudor su epidermis, aunque sus entrañas, sus vísceras rectoras, se nos ocultan. Nuestra capacidad para entenderlo es cada día más escasa porque el caudal de acontecimientos se hace insoportable. Las imágenes llegan como en un zoom que nos lleva en una fracción de tiempo desde la escala de la catástrofe hasta la de lo más íntimo. Al principio es estremecedor, pero al final nos vuelve insensibles. La sucesión de desgracias que golpean al hemisferio pobre, los desplazados por la guerra y el hambre, las pateras de desesperados, son instantáneas de la realidad excesivas para la comodidad del primer mundo, que vive de espaldas a ese otro de los que subsisten con menos de dos dólares al día, una suma equiparable a la subvención que recibe cada cabeza de ganado en los Estados Unidos. Incapaces de afrontar tanta iniquidad, cabe expresar sencillamente que con este estado de cosas no podemos estar de acuerdo. En la cúspide geoestratégica impera el predominio militar y económico de una administración Bush poblada por líderes ávidos de cualquier negocio sustentado en economías de guerra, utilizando sin rubor el engaño y el nombre de Dios en vano, mientras China crece por los cuatro costados destrozando ciudades y territorios en aras de un capital-comunismo posmoderno. La óptica de aproximación nos acerca a Europa, con las palabras guerra y paz tan incrustadas en la médula de su intrahistoria que muchas veces la paralizan ante las fracturas de su propio continente. Tanto más ante las secuelas de lo que sí fue un choque violento de civilizaciones, producto de un siglo de descarnada política colonial. A pesar de ello, hoy Europa es equilibrio, escala de grises y reparto. Más cerca todavía, en España, después de veinticinco años de autonomía se demanda un nuevo mapa de voluntades para enunciar y sentir nuestro topónimo como unión libre de intereses, por más que el Gobierno vasco quiera marear la perdiz. No vaya a ser que el juego de palabras y símbolos -nación, nacionalidad, comunidad nacional, patria o bandera- encubra la aún necesaria solidaridad en euros entre las regiones más ricas y las que no lo son tanto. Eso sí, con objetivos y ya no con meras subvenciones. Una España presa de una ansiedad por el cemento y el ladrillo, que tanta pasión, beneficio y estropicio han engendrado, mezclada con una apatía hacia la educación y la tecnología, que la mantiene en la periferia del avance de la inteligencia. Y en la máxima apertura del zoom, Galicia. Todavía se echa de menos una concepción moderna del país como ensamblaje de intereses comunes y también de divergencias entre ciudades y territorio, entre jóvenes urbanitas y ancianos ruralitas. Un país donde universidades, aeropuertos, autovías, parques tecnológicos, puertos exteriores, auditorios, no sean sólo números y objetos, sino la trabazón de una política territorial, social, económica y geoestratégica que permita comprender lo que suponen 1.400 kilómetros de costa y 29.500 kilómetros cuadrados de suelo donde convive un pueblo dinámico, pero sumido en el invierno demográfico. Una Galicia que compita para alcanzar a aquellas regiones que nos superan, pero que al mismo tiempo dé la mano a aquellas otras que la necesitan.