NADIE que no sepa del envilecimiento social que provoca el terrorismo podrá entender lo que acaba de suceder en el Parlamento de Vitoria. El jueves se aprobó allí un plan radicalmente inconstitucional -primera fase del proyecto de secesión del País Vasco- con el apoyo del PNV, Eusko Alkartasuna, Ezker Batua y Batasuna. Las dos primeras fuerzas, que sostienen con sus votos a un Gobierno que tiene la obligación de asegurar el cumplimiento de la ley, han decidido violentarla con la pretensión de imponer por el chantaje un texto político que, lejos de favorecer la convivencia, romperá la sociedad vasca en dos mitades y la pondrá al borde de un enfrentamiento civil de imprevisibles consecuencias. Para llegar a tan ominoso resultado han contado EA y el PNV con dos apoyos que, por motivos muy diferentes, constituyen un escándalo: el de Ezker Batua, que es la federación vasca de Izquierda Unida, uno de los dos partidos sobre los que reposa la estabilidad parlamentaria del actual Gobierno socialista; y el de Batasuna, fuerza ilegalizada en España por su apoyo a ETA militar, e incluida en Europa dentro del listado de organizaciones terroristas. Los diputados vascos expresaron su sufragio en el único parlamento que hoy existe en el planeta donde todos los representantes de la oposición -los que han votado contra el proyecto de Ibarretxe- llevan escolta para evitar ser asesinados. El único parlamento elegido por una sociedad donde una parte del cuerpo electoral -la que no apoya el proyecto de Ibarretxe- vive bajo la constante amenaza de una banda terrorista. Ese, y no otro, es el sucio contexto en que el PNV ha decidido plantearnos su chantaje. Chantaje, sí, porque Ibarretxe ha sacado adelante su proyecto no para negociarlo con las Cortes, sino sabiendo que aquéllas no pueden negociarlo. Ibarretxe no confía en el futuro compromiso del que habla: muy por el contrario, cuenta con que a partir de un proyecto como el suyo no hay compromiso imaginable. Esa es, de hecho, su estrategia, que ha venido cumpliéndose con la inexorabilidad de una condena. Aprobado el plan, el objetivo es ahora el referéndum: si le dejan realizarlo, para ganarlo bajo la amenaza de que sólo así se acabará con la violencia. Y si no le dejan, para enfrentar a cara de perro a Euskadi con España. Es tan irresponsable y temeraria esa conducta -en la que Ibarretxe gana siempre- que frente a ella sólo cabe una respuesta: asegurar al PNV desde ya que no se saldrá en ningún caso con la suya. Intentar apaciguarlo no sería más que una forma de animarlo a seguir adelante con ese plan de secesión que el jueves nos dejó como un regalo envenenado para el año que acaba de empezar.