El espejismo gallego

| VÍCTOR MORO |

OPINIÓN

QUIEN SIGA la evolución económica y política de Galicia a través de las informaciones de los partidos o de los medios mediatizados, se sorprenderá con este comentario, pues con tanta parafernalia sobre infraestructuras, presupuestos históricos y promesas recurrentes, la opinión general no especializada coincide en la engañosa impresión de que estamos alcanzando un espectacular progreso, impresión que las más recientes informaciones desmienten. Aún estos días almorcé con una personalidad apolítica que elogiaba nuestros espectaculares avances. Es creencia muy extendida. Este espejismo también deforma la visión de conferenciantes foráneos que ensalzan, en aproximación superficial, el aparente progreso gallego. Pero como ya he escrito tantas veces, la evolución de nuestra economía hay que considerarla en comparación con España en general o con las comunidades autónomas en particular o con la Europa a 15 o a 25. Entonces veremos que avanzamos por debajo de la media, mientras el Plan Galicia, como un juguete roto, se difumina entre descalificaciones partidarias estériles. Con datos del. Instituto Nacional de Estadística el Servicio de Estudios de La Caixa publica en su informe mensual de septiembre un estudio sobre la participación de las comunidades autónomas en la economía española y su evolución en el tiempo. Las cifras de la economía gallega son reveladoras. Durante el periodo 1998-2003 nuestra comunidad creció por debajo de la media española (2,7% contra 3,1%), perdiendo 0,4 puntos porcentuales cada año respecto al conjunto de España. Si el análisis se establece en términos de riqueza por habitante la situación es preocupante: Deberíamos recuperar un 26% para alcanzar la media española, muy lejos de comunidades como Madrid, Navarra y el País Vasco, contra las que  perdemos un alarmante 63%. Sólo superamos a Extremadura y Andalucía. La comparación es también traumática con la media europea a l5 situados un 26% por debajo. En relación con la Europa a 25 nuestra posición tampoco es buena. Incluso somos superados por Chipre y Grecia, a nivel de Portugal o Malta. A consecuencia de este dispar crecimiento en el periodo 1995-2003, tenemos comunidades autónomas que han ganado peso en el PIB nacional (es decir, que lo hacen mejor) y otras lo pierden (o sea, que lo hacen peor). De nuevo, como tercera por la cola, destaca Galicia, que ha perdido la nada desdeñable cifra del 0,29%, lo que equivale a unos 2.200 millones de euros (unos 370.000 millones de las antiguas pesetas). Curiosamente, se trata de la misma cifra que ha ganado Valencia. Esto nos lleva a considerar que el modelo económico de Galicia, si es que ha existido alguno, no alcanzó el desarrollo armónico necesario. Las infraestructuras llegan tarde y mal. Ha privado el cemento, que es lo fácil y rentable cara a la galería, sobre políticas de inversión productiva y asentamientos industriales o de atención a sectores autóctonos de difícil tratamiento cuando se carece de peso político lejos de los centros de decisión, aunque se declaren «amigos». Por supuesto la limitada capitalización de nuestra economía, baja productividad, investigación incipiente, envejecimiento de la población, centros educativos en rodaje y un clientelismo rampante, no favorecen el desarrollo. Pero además tropezamos con otras limitaciones, de índole política y representativa, que lo condicionan gravemente. En buena medida la situación económica de Galicia trae causa de nuestro débil peso político en manos de grupos que subordinan los superiores intereses gallegos a los propios de cada partido. La representación política gallega dominada por grupos de ámbito estatal o por intereses localistas, nunca alcanzará la presencia y el poder necesario para obtener atención presupuestaria en las decisiones de financiación y de inversión o en las de localización industrial del Estado, que con frecuencia nos ignora o nos posterga. Ha llegado el momento de una reflexión profunda de toda la sociedad: Empresarios, asalariados, profesionales liberales, medios de comunicación, estudiantes, alcaldes y concejales, agricultores, marineros, jubilados, toda la sociedad y hasta la Iglesia gallega, depositaria de nuestros valores tradicionales, para coincidir en un compromiso de conciencia y de servicio a Galicia dentro del marco constitucional, sin otra subordinación que la defensa de los intereses del pueblo gallego. Es evidente que las mayorías absolutas no se repetirán fácilmente y tanto en la situación actual como en las futuras, el gobierno se apoyará en grupos de ámbito territorial autonómico cuyo favor se mide en millones de euros. Los socialistas y la «ezquerra» catalana reclaman mayores dotaciones. Vascos y navarros consolidan sus privilegios. Los canarios cantan al sol que mas calienta. Los aragoneses, andaluces y extremeños cuentan con espacios electorales decisivos, que hacen valer. Mientras tanto en Galicia los partidos nacionales mayoritarios se enfrascan en diatribas ineficaces. El  renqueante crecimiento económico se debe a que nuestro poder político no está  al servicio de Galicia. Ahora, en tiempo de Nadal, bueno será reflexionar.