Frente nacional vasco

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

23 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EL APOYO dado en el Parlamento vasco por el brazo político de ETA al plan de Ibarretxe para romper el actual consenso estatutario retrata de forma contundente la existencia de un frente nacional que aspira a marginar a los ciudadanos constitucionalistas del mapa político vasco. Esta edición renovada del pacto de Lizarra -suscrito en su día entre los nacionalistas y ETA para excluir de las instituciones vascas a los llamados despectivamente españoles- pretende integrar a los seguidores de ETA, pero a cambio de marginar a socialistas y populares; quiere sumar al proyecto nacionalista a los simpatizantes de ETA, aunque esa maniobra suponga mermar el consenso que hizo posible el actual Estatuto. No queda claro qué consenso se podrá lograr con individuos como Otegui, pero sí resulta evidente el acuerdo de convivencia que se quebrará en ese intento. Ésta es la principal crítica, entre otras muchas, que se puede hacer a la iniciativa de Ibarretxe: rompe el clima de convivencia y lo que ofrece como alternativa es un frente nacional, que excluye a prácticamente la mitad de los vascos. Ésta delirante maniobra está trufada de xenofobia, como atestiguan las palabras pronunciadas por Joseba Eguíbar, dirigente del PNV, para el que todos los vascos aprueban el plan y si no lo aprueban es que no son vascos. Estas burradas de Eguíbar emparentan directamente con el espíritu franquista, ya saben, aquel dictador que sostenía que los contrarios a su régimen éramos la antiespaña; sencillamente: no éramos españoles. El caso es que los seguidores de ETA -que aún siguen en sus escaños, a pesar de estar ilegalizados- tratarán de mantenerse vivos políticamente hasta las elecciones autonómicas vascas -primavera próxima- como pieza imprescindible para los planes disparatados de Ibarretxe y conscientes de que mientras más alarguen su presencia más réditos políticos podrán obtener. Es una pena que los socialistas vascos, contagiados al parecer por un afán de emulación, hayan elaborado un plan, alternativo al de Ibarretxe, en el que se formulan planteamientos políticos de carácter nacionalista. La experiencia demuestra que los nacionalistas vascos son insaciables y que cualquier intento por traerles al ámbito de la convivencia a base de transferencias o de guiños políticos generosos están condenados, de antemano, al fracaso. Llevamos casi treinta años de democracia y en todo ese tiempo se ha podido comprobar, hasta la extenuación, cómo el discurso nacionalista vasco exige sus reclamaciones de puro poder, crea un clima que hace pensar a todos en el fin del mundo, en el caso de que no lo consiga, y una vez logrado el objetivo se olvida, no se hace ninguna declaración de reconocimiento; al contrario, se toma más fuerza para volver a plantear el siguiente trozo de poder con idéntico clima agónico, con las mismas tretas y con la misma falta de lealtad. Esta película ya la hemos visto mil veces. Es posible que los socialistas vascos obtengan con su plan Guevara buenos resultados en las autonómicas -han dicho que aspiran a ganar votos autonomistas a los nacionalistas del PNV- pero es seguro que lo hacen a base de romper una tradición, de quebrar una imagen y de poner en serio peligro la unidad de este partido. Experiencias anteriores, de gobiernos de coalición entre los socialistas y los nacionalistas, han demostrado reiteradamente que cuando el PSE se acercaba al PNV, los socialistas perdían escaños, los que ganaban los nacionalistas.