LOS SOCIALISTAS están sufriendo un desgarro quizá histórico. Ante la grave cuestión del problema territorial de España, se adivinan tres tendencias: la próxima al nacionalismo periférico, que encabezan Patxi López y Pasqual Maragall; la españolista, casi conservadora, cuyas voces más sonoras son estos días las de Bono y Rodríguez Ibarra, y la contemplativa que, sorprendentemente, representa el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero. Estas tres sensibilidades serían normales y positivas si el Partido Socialista estuviera en la oposición. Estando en el poder, se convierten en un factor más de incertidumbre del actual momento político. Es muy tentador traducirlo así: el PSOE no sabe lo que quiere. ¿Será ése el diagnóstico? Me cuesta creerlo. Un partido que elaboró un importante documento sobre sus ensoñaciones territoriales en Santillana del Mar; un partido que celebró recientemente una reunión de su Comité Territorial sin discrepancias visibles entre sus miembros, entre los que estaban esos cabezas visibles Bono, Maragall, López e Ibarra; y un partido que en esa misma reunión escuchó de su secretario general que «el problema territorial es el que menos me inquieta», no puede ser una fuerza política que ignora a dónde va y a dónde nos lleva. Tienen que ocurrir por lo menos otras dos cosas. La principal quizá sea que el PSOE, como organización federal, alberga sentimientos distintos y hasta contradictorios en las diversas comunidades. Se puede ser español hasta los tuétanos, pero no lo es igual un leonés y un catalán, o un extremeño y un gallego. Y la segunda está en la estrategia política. Es muy fácil dictaminar desde Madrid los mensajes que se han de enviar a los vascos, pero hay que estar en Euskadi para saber hasta qué punto el mensaje nacionalista ha penetrado en la sociedad, hasta el punto de considerar enemigo a quien no comparta sus sentimientos. Lo que ocurre es que, cuando las diferencias se empiezan a manifestar como en los últimos días, alguien tiene que poner orden. ¿Y quién es ese alguien? El que he señalado como representante de la actitud contemplativa: el presidente Zapatero. Yo no le pido, como hacen algunos analistas, que salga a la palestra a poner firme al señor Ibarretxe. Pero sí se le puede pedir y exigir que, si su partido gobierna España, imponga un criterio. No le demando siquiera que lo comunique a la nación; pero sí que sea una especie de libro de estilo interno, para que cada líder y portavoz socialista no contribuya con sus declaraciones a la extensión del marasmo. Y en este momento están contribuyendo. Y hay indicios -ahí tenemos el ejemplo del locuaz señor Bono- de que ese marasmo ya ha llegado al Consejo de Ministros.