LOS QUE TENEMOS la suerte de creer que Dios se hizo hombre, para darnos ejemplo de vida, sólo tenemos una opción para celebrar la Navidad: reunirnos en familia, llamar a los amigos para decirles que les queremos, y repetir el mensaje que los ángeles del cielo le enviaron a los pastores de Belén: « Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis » (¡pásalo!). A esa forma sencilla de recordar el nacimiento de Cristo le podemos añadir un par de horas de reflexión, que yo suelo hacer cuando todos se van a la cama. Sentado en un sillón de orejas, y dando cabezaditas, me pregunto varias veces cómo es posible que un tipo tan racional e iconoclasta como yo mantenga su absoluta adhesión al misterio del Portal. Y todos los años me acabo sorprendiendo al ver que, en vez de desvestir el mito de sus expresiones externas, para reducirlo a una forma más intelectualizada y asumible, acabo haciendo exactamente lo contrario: inventando nuevos personajes para el Belén, e imaginando la chapuza de organización que fue aquel viaje que hizo San José para empadronarse (la política siempre está por medio). Los que no creen en nada, o creen en otra cosa, también pueden celebrar la Navidad por solidaridad con los cristianos, porque su mensaje es el más permanente y el mejor redactado de la historia, porque nuestros padres lo hicieron así durante veinte siglos, o porque en Europa no se puede dar un solo paso sin encontrarse con la figura de Cristo. Esa Navidad es menos intensa, sin duda, pero igual de auténtica, porque su base es la fraternidad y el deseo de paz que el día 25 de diciembre toma cuerpo en las celebraciones, las imágenes y los símbolos de los creyentes. La tercera opción es no celebrar nada. Vivir como todos los días, no enviar postales, no regalarle libros a los amigos ni colonias a los novios, y cerrar las persianas de casa para que no nos moleste el alumbrado público. Es una opción muy gratificante, que yo no tomo por Navidad, pero que sí la adopto en los Carnavales, en la noche de San Juan y en días que no me dicen nada, en los que no es suficiente todo el barullo del mundo para alterar mi vida cotidiana. La única opción que no vale es la que ahora nos proponen los progres, que consiste en celebrar la Navidad pero esconder al Niño, poner lucecitas que dicen chorradas y olvidar el mensaje de Belén, y celebrar la nada por todo lo alto, como si pudiésemos ponernos eufóricos a golpe de calendario. Las tradiciones se pueden mantener o perder, vivir o respetar, cumplir o soslayar. Lo único que no cabe es reducirlas al absurdo y hacer el payaso a costa de la historia, aunque eso sea lo que está más de moda. ¡Feliz Navidad!