LA CUESTIÓN de Chipre no es la más grave de las que dificultan el ingreso de Turquía en la UE. El gran problema radica en la confesión religiosa musulmana de la inmensa mayoría de la población turca. En muchos países de la Comunidad pesa mucho la innegable construcción histórica de Europa frente al Islam y la afirmación de una propia personalidad de la nación europea sobre estas bases de diferencia frente «al otro», al oriental no cristiano. Incluso Erdogan, primer ministro turco, ha reclamado estos días de Europa que demuestre que no es «un club cristiano». La UE ya ha hecho esfuerzos en esta línea no sólo con su reciente Constitución, sino también templando evidentes reticencias internas. Por eso tiene razón Durão Barroso al pedir a Ankara que «conquiste los corazones de los europeos de a pie», demostrando que su religión no le impide garantizar la libertad de las otras, y de los derechos y libertades de todos. La democracia, en suma.