EL PRESIDENTE Zapatero ha demostrado, una vez más, que tiene reflejos y capacidad de reacción. A las pocas horas de que Pilar Manjón hubiera lanzado su discurso de reprimenda a la clase política y a la sociedad, ya estaba anunciando la creación de una figura que recuerda la inventada para la catástrofe del Prestige : un Alto Comisionado para la atención a las víctimas. Mariano Rajoy, que no había sido informado a pesar de la comunicación a que obliga el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, no tuvo más remedio que aceptar la iniciativa. Después de lo dicho por la señora Manjón y la emoción que había provocado en todo el país, no hay nadie que se pueda oponer. Más tarde, la designación de Gregorio Peces-Barba para ese puesto también ha sido aceptada. Es un hombre de partido, pero con tal prestigio personal, que en nadie puede suscitar el menor rechazo. De alguna forma, el presidente del Gobierno le compensa los muchos servicios prestados en aquel comité de notables creado en la carrera hacia la Moncloa y su decisiva aportación en la selección de nombres para altos cargos del gobierno. A don Gregorio le corresponde una de las tareas más sugestivas de este momento: ser el hombre del consuelo, el auxilio y el alivio de los centenares de familias que han sufrido en su seno el golpe del terrorismo. Esta sucesión de elogios y plácemes no puede ocultar, de todas formas, una evidencia. La creación del Comisionado se hace después de que el juez Del Olmo, que instruye el sumario del 11-M, haya descrito el cúmulo de desatenciones que reciben las víctimas. Singularmente, los pagos mal efectuados, la falta de cuidados síquicos y físicos y el calvario a que les somete la empedernida burocracia de este país. Y se hace también después de que la señora Manjón denunciara que nadie les consulta; que tienen que buscar asistencia sicológica en centros privados; o que hay heridos en lista de espera. El reproche al Gobierno es elemental: oigan, que han pasado más de nueve meses desde la tragedia; 280 días con sus noches. En ese tiempo, ¿a dónde estaban mirando? Si el Alto Comisionado es ahora tan urgente, ¿por qué no han sentido una necesidad parecida durante todo ese tiempo? ¿No hubo nadie que se preocupara del estado de esas familias, nadie que al menos les llevara algo de consuelo? Parece que no. Y así ocurre lo de siempre: tiene que llegar una persona, una mujer; armarse de valor; enfrentarse a ilustres apellidos que la escuchan; emocionar a todo el país. Sólo a partir de ahí se reacciona. Y yo digo: ya que hacen caso a doña Pilar en una de sus peticiones, hay otra que está también al alcance de la mano. Tiene sólo cuatro palabras: «Exigimos una nueva comisión».