Vaya tirón de orejas

OPINIÓN

LÁSTIMA que estos tirones de orejas sean sólo morales. Porque, aunque mi propuesta no es políticamente correcta, creo que sería sumamente eficaz que la sentencia del Tribunal Constitucional hecha pública ayer obligase al portavoz del grupo parlamentario popular y al presidente del Parlamento de Galicia a subir a una tarima situada en el centro de la Praza do Obradoiro para recibir sendos tirones de orejas. La práctica democrática exige una correcta visualización de las responsabilidades, y por eso tendría un alto valor pedagógico que fuese Fraga, en su condición de delegado regio para la ofrenda de la Traslación del Apóstol, el que ejecutase esta sentencia, más propia de una falcatruada que debe corregirse que de un hecho grave que debe castigarse. Estamos hablando, como es obvio, de la indebida disolución de la comisión parlamentaria creada para investigar la catástrofe del Prestige, de la que el PP logró deshacerse a base de triquiñuelas jurídicas, indecencias políticas y abuso de mayoría. Dada la influencia que ejerce el IV Centenario del Quijote sobre nuestra cultura, los partidos políticos tienden a confundir la mayoría parlamentaria con el bálsamo de Fierabrás, a cuyo toque se curan y desvanecen todas las pústulas. Por eso es una excelente noticia -aunque tardía- que el Tribunal Constitucional haya dado su amparo a los diputados del PSOE y del BNG que, sin poner en cuestión los derechos de la mayoría, querían realizar con esmero y pundonor democrático todas las tareas encomendadas a este órgano de control. El abuso del rodillo parlamentario es un defecto muy ligado a las querencias partitocráticas de nuestra democracia, en cuyo pensamiento no cabe la posibilidad de que un destello de honradez de un diputado, o el abuso flagrante de una disciplina tan irracional como innecesaria, provoque la pérdida de los controles que se quieren activar. Lo bueno sería que el honor y la dignidad profesional de los parlamentarios actuasen como freno de las burocracias partidarias, y que así pudiese impedirse la disolución arbitraria de una comisión de investigación, la participación en una guerra ilegítima o la impunidad de una negligencia catastrófica como la que hundió el Prestige . Pero si tal actitud no existe, bien está que algunas sentencias del Constitucional -que no siempre se esmera- se dediquen a establecer la diferencia que debe existir entre la mayoría política y los atajos legales. El aznarismo y sus acólitos están teniendo un final con pésimo regusto. Pero a mí me hubiese gustado mucho que este tirón de orejas fuese real. Porque hay lecciones que conviene saber de pe a pa, con todos los puntos y comas que puso la democracia.