Esta semana hemos sabido, por el «Informe PISA 2003» de la OCDE, lo que ya intuíamos: que nuestros alumnos de secundaria están a la cola de los países desarrollados en matemáticas, ciencia y lectura. Y por eso, porque lo intuíamos, nadie se ha alarmado, e incluso altos cargos del ministerio de Educación han dicho que estos malos resultados son los que nos corresponden dada la situación económica y cultural de nuestra población. Lo que demuestra que de resignación andamos bien. No es una sorpresa que Finlandia aparezca en cabeza, porque es un país con un excelente modelo educativo desde poco después de la II Guerra Mundial. Pero sí es sorprendente y llamativo que Polonia, que ocupaba una mala posición hace tres años (estaba en el nivel más bajo, junto a Italia) haya logrado una progresión verdaderamente milagrosa, que la ha situado por encima de la media de la OCDE, a pesar de su modesto gasto en educación. Otro caso espectacular es el de Irlanda, en constante mejora. O sea, que hay modelos mejores que el nuestro, y que deberíamos apresurarnos a estudiarlos y adaptarlos. Lo van a hacer Francia y Alemania, que ya prevén reformas. Y debe hacerlo España, alejándose de la complacencia y atreviéndose con la autocrítica.