Nos chulean

ASSUMPTA ROURA

OPINIÓN

VIVIMOS en una sociedad mediática en la que los medios de comunicación, sobre todo la televisión, emiten lo que creen importante y omiten lo contrario. Su muestrario exige un orden de valores, una previa selección de categorías de mayor a menor, determinada por múltiples intereses cuyo conocimiento no está al alcance del ciudadano común. Sucede entonces que éste suele contemplarlos como un espectáculo ajeno la mayoría de las veces o, caso de sentirse implicado, lo hace desde la misma visceralidad con la que se une a un equipo de fútbol. No será por coincidencia por lo que cada vez más escuchamos a comentaristas de la política usar términos propios del deporte para razonar hechos que nada tienen de deportivos. El uso de estos términos en terrenos que les son ajenos no sólo empobrece el lenguaje del que habla sino también del receptor del mensaje, y no pongo de manifiesto nada nuevo al afirmar que empobrecer el lenguaje equivale a empobrecer el pensamiento, construido, a fin de cuentas, con palabras. Si además añadimos que son los medios, junto con sus circunstancias, quienes deciden qué noticias son importantes para que las convirtamos, como mínimo, en tema de conversación, obtenemos como resultado un desequilibro entre el conocimiento del ciudadano a partir del cual se supone que ha de ejercer su parcela de poder, y el de los que, gracias a su poder, usan de los medios para crear opinión cuando no conciencia, avalados por estrategas de marketing y comunicación, es decir, por expertos en poner ganchos donde piquen conciencias vulnerables. Quiero llegar a establecer con lo dicho una conexión directa entre los políticos y sus espectáculos mediáticos, cada vez más deprimentes y más alejados de esa realidad que no da para muchas alegrías, y los intereses reales de todos nosotros, ciudadanos comunes, que más parecen estar asistidos por el ángel de la guarda que por quienes reciben de nuestro esfuerzo cotidiano un sueldo para cumplir con esta función. El divorcio entre las partes es visible y hasta se ve por televisión: no hay semana que alguna zona de España se quede sin luz, el precio de la vivienda nos convierte en esclavos, sube el paro y el consumo de drogas, carecemos de infraestructuras pero lo que importa, creen, es halagar la vanidad de nuestros políticos admirando su capacidad para chulear a todo un país. Cabe levantase y acabar la partida.