YA NO SE USAN en este país, en las polémicas, palabras de fogueo. Se dispara con bala real, de lo que es un ejemplo la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGT), que a la afirmación de los obispos españoles de que el condón no es absolutamente seguro ha replicado acusándoles de practicar terrorismo sanitario. A la vista está que quien así responde no es una minoría acongojada ni nada que se le parezca. Supongo que si la afirmación fuera en sentido contrario, ¡Dios -con permiso de los prelados- la que se habría armado! Más aun: todos hemos vivido la experiencia carnavalesca de ver a docenas de personas disfrazadas de curas y monjas sin que nadie se rasgara las vestiduras. ¿Qué ocurriría si en las próximas carnestolendas viéramos otros tantos disfrazados de homosexuales y lesbianas? ¿Habría el mismo silencio, fuera cómplice o no? Y todo, en apariencia, por un condón más o menos seguro. Que según el portavoz de la Conferencia Episcopal Española el preservativo no goza de seguridad plena, y deduce él que no garantiza evitar el contagio del sida. No es el único que mantiene esa teoría, que finalmente el sacerdote vilipendiado completaría dando por hecho que «lo ideal es el amor fiel porque promueve la dignidad de las personas y previene las enfermedades». En cuanto a la eficacia de la castidad no parece refutable, otra cosa es que sea el sistema que prefiera la gente, incluido un número quizá significativo de católicos que en lo primero que han abandonado a la Iglesia es precisamente en cuestiones de moral. El fondo del asunto no es el grado de seguridad de los preservativos, que ya habrá expertos que nos lo aclaren. Lo inquietante es el tono agresivo de algunas polémicas, que de cuando en vez adquieren esa acritud cuando parten de grupos sociales no mayoritarios. ¿No será hora de ir confeccionando un catálogo de minorías para acogernos a aquélla que nos convenga y probar a hacer desde su seno lo que nos de la real gana?