Supuestos trapos sucios

OPINIÓN

SI DIFÍCIL es acceder al cuerpo diplomático por el nivel de exigencia previa, tanto en cuanto a la posesión de una buena formación universitaria como al dominio de idiomas, mucho más lo es pertenecer al mismo ya que los años de servicio en el extranjero suponen una dura prueba a la vocación de las personas que ostentan la enorme responsabilidad de representar a nuestro país y defender los intereses de nuestros compatriotas. Si tanto se pide a nuestros diplomáticos, ¿qué no se demandará al ministro de Asuntos Exteriores? Debe poseer talento y habilidad para comunicarse con personas de muy diferente procedencia, estar dotado de una gran prudencia para evitar enfrentamientos, aún en las circunstancias más hostiles, y, sobre todo, ser capaz de acercar posiciones para facilitar el progreso de su país. La aptitud y la actitud del ministro de Exteriores deben de permitirle superar el más mediocre de los programas políticos y las diferencias ideológicas y culturales que se encuentre en su camino. Moratinos, a quien se le atribuye una gran labor como mediador en Oriente Próximo, sobre la cual discrepamos muy seriamente aquellos que seguimos muy de cerca el proceso en esa zona, ha cometido uno de los peores errores que puede permitirse un ministro de Asuntos Exteriores: olvidarse de que el fin principal de su labor es dar prestigio a su país, reducir al mínimo cualquier tirantez que pueda haber con otras naciones e intentar elevar al máximo la importancia de España en el mundo. Como particular, puede opinar con toda la libertad que la Constitución otorga a los españoles; como ministro, no puede acusar a nadie sin pruebas, y mucho menos cuando imputa la intervención en un golpe de Estado en otra tierra, porque pone en tela de juicio no a una persona o a un gobierno, sino a todo un país. Podemos o no estar de acuerdo con los representantes políticos democráticamente elegidos, podemos o no criticar sus actuaciones, pero lo que nunca podemos permitir es que, por discrepancias internas, se «aireen» fuera «supuestos» trapos sucios susceptibles de ser perseguidos judicialmente. Nos jugamos demasiado: nuestra reputación como país democrático.