PARA MÍ, la única cosa lamentable de verdad de ese programa de televisión quizá sea esta: que ni siquiera ha servido para que la gente lea más a Orwell. Después de varios años escuchando el nombre del programa, la mayor parte de su público todavía se pregunta qué es lo que significa Gran Hermano y qué tiene que ver esta alusión al grado de parentesco con ese penoso ritual de tedio e ira que se ofrece a diario en el televisor. Cuando la verdad es que algo tiene que ver: En 1984 , la novela de Orwell, el Gran Hermano era el tiránico dirigente de un mundo futuro en el que recordar, pensar y razonar estaba prohibido, en el que la sociedad humana estaba condenada al aburrimiento y la mediocridad. Es decir, un poco como en el Gran Hermano de la televisión. Lo importante, sin embargo, es que este programa lo observan millones de personas, y esto es lo que ha llevado al Gobierno a firmar un acuerdo con sus productores para utilizar a los concursantes para hacer propaganda a favor de la Constitución europea. No es una broma, es en serio. Si el Vogue fue en su momento el vehículo elegido para escenificar el nuevo feminismo del ejecutivo, Gran Hermano parece que va a ser el escaparate de la nueva Europa constitucional. Uno diría que quizás había que haber escarmentado de aquella experiencia anterior, pero parece que no. Otro diría que esto resulta un tanto contradictorio con la cruzada contra la televisión basura predicada por el sector puritano del gobierno (lo tiene), pero parece que tampoco. Sin ánimo de ofender a nadie, es cierto que este referéndum europeo va a ser un poco un referéndum basura (en el sentido de apresurado, simple, populista) y por ahí quizá se justifique recurrir a los inquilinos de Guadalix, pienso. De modo que preparémonos para una verdadera lección de humildad: la de ser instruidos en lo que quizá sea el asunto político más complejo de la década por unos individuos que han sido seleccionados por un grupo de psicólogos justamente por su perfil sociópata, por su egolatría patológica y su inestabilidad emocional. Vale. Está bien: después de todo, esa casa en la que se pelean por todo, en la que son incapaces de elaborar una política común siquiera para comprar tabaco y acaban a gritos a la menor oportunidad podría acabar convirtiéndose en una metáfora exacta de la futura UE. Sólo cabe esperar que no.