Selecciones nacionales

OPINIÓN

28 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

HACE TIEMPO descubrí la importancia del deporte: espectáculo, actividad económica, símbolo de identidad capaz de mover a las masas. En 1999, en el primer Gobierno Foral constitucionalista de Álava, fui responsable de la cartera de Juventud y Deportes. Aquello me permitió hacer de Vitoria la ciudad del deporte, con la organización y celebración de casi cuarenta campeonatos de España en sus diferentes modalidades deportivas. Estuve a punto de lograr que la selección española de fútbol jugara en el campo de Mendizorroza, precisamente aprovechando la presencia del Alavés en Primera División. Los nacionalistas vascos me acusaron de «españolizar Álava». Cuestión que tuvo sus consecuencias, incluso con una moción de censura que no lograron que prosperara. Para los nacionalistas, el deporte y sus colores partidarios constituyen un signo de identidad nacional para diferenciarse de los demás y mostrar su vocación de nación-estado. Así se explica su ofensiva, en Cataluña y Euskadi, a favor del derecho a poner en competición oficial sus propias selecciones nacionales. Esta es la razón del conflicto que se ha vivido con la selección catalana de hockey sobre patines, que finalmente no ha podido lograr su pretensión de ser reconocida por los organismos del patinaje internacional. Un país, una lengua, un pueblo, una selección deportiva nacional. Estos son los elementos definitorios de la identidad. Volviendo a Álava, durante tres años logré hacer desfilar por Vitoria a toda suerte de deportistas españoles y así contribuir a la mistura del deporte sin fronteras, a su fiesta, a su capacidad para generar ingresos económicos y buenas noticias en un país acostumbrado a estar en las páginas de los sucesos. Menudo enfado ha cogido el honorable C. Rovira. Ha dicho lo que piensa, lo que quiere ser y hacer con Cataluña. Además de mostrar la cara más resentida del nacionalismo, cuando ha recomendado la oposición a que Madrid sea sede olímpica en el 2012. Confío en que a Maragall no se le haya olvidado toda la ayuda que recibió siendo alcalde de la Barcelona del 92. Espero que Samaranch, ilustre barcelonés que pasó del hockey sobre patines al COI, intervenga y se atreva a decirles a los nacionalistas que con el deporte no se juega; no sea que matemos la gallina de los huevos de oro, o provoquen una oleada de antipatía deportiva hacia Cataluña.