La pedofilia como industria

| MANUEL FERNÁNDEZ BLANCO |

OPINIÓN

24 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

AYER tuvo lugar la mayor operación policial contra la pornografía infantil de las realizadas en España. Para poder orientarse en un asunto tan ominoso, dos vertientes, dos aspectos, necesitan ser distinguidos claramente. Primero, el de los suministradores del material pornográfico, nuevos mercaderes del sexo, que aprovechan las posibilidades de las nuevas tecnologías para su peculio, basándose en una de ellas: la deslocalización. Pero esa deslocalización va unida paradójicamente al hecho de situar el producto en la mayor tienda jamás conocida, en Internet, ese escaparate abierto a un mundo omnivoyeur . Del otro lado, está el consumidor del producto, al que le basta tener las claves para el acceso a esas páginas, o productos, de sexo infantil. El consumidor es un voyeur que goza mirando esas escenas, pero con la particularidad de que no es él el que se mueve hacia la escena, sino que la escena viene a él. El riesgo de ser descubierto no está en juego, no porque no pudiera darse, sino porque, de darse, no vendría nunca de los personajes de la escena, reducidos a mera presencia virtual. Ahora bien, esa diferencia, no disminuye la capacidad erótica -el llamado sexo frío lo demuestra: la imagen y el objeto real tienen la misma capacidad erótica. Esto no es nuevo: lo real no supera a lo imaginario a la hora de excitar a un sujeto, y de ahí que el erotismo y la pornografía se hayan sostenido como historia escrita o como imagen. Pero lo esencial de la noticia es que la imagen es una escena o escenas con niños como protagonistas, sobre las que cae la mirada. Y la pregunta es: ¿cómo puede un adulto excitarse con tal imagen? Estos sujetos no son capaces de confrontarse a un adulto de su edad en lo real del encuentro sexual. Dicho de otra manera, estos sujetos son fetichistas, pero su fetiche es una imagen infantil. La fascinación de la imagen infantil para el adulto al que aludimos viene de que esa imagen, es su imagen. Mientras el adulto normal se excita con una imagen acompasada a su yo, estos otros adultos se excitan con la imagen que les quedó coagulada, detenida en la edad que tienen esos niños o niñas que prefieren para consumo de su mirada; cámbiesele unos años la edad de los niños fotografiados, y se observará que ya nos les sirven. Toda excitación proviene aquí de la mirada fascinada por una imagen que es la suya propia. Del lado de la imagen, queda el niño, la niña; del lado del adulto, lo que queda es el adulto que coaguló su libido en su propia imagen. Simplemente: en la imagen, está el niño; en el sofá, lo infantil.