LA INNECESARIA tormenta desatada por Miguel Angel Moratinos nos revela, una vez más, el calado de los miembros de este Gobierno con el que el señor Rodríguez Zapatero ha tenido a bien obsequiarnos. Porque que precisamente sea el titular de la diplomacia española quien provoque un incidente obliga a reflexionar sobre en qué manos tenemos nuestra política exterior. El error de Moratinos no ha sido volver la vista atrás para acusar al anterior presidente y a su gobierno de apoyar el golpe del 2002 contra Chávez. Pudo incluso haber recordado que España recibió con los brazos abiertos al golpista Pedro Carmona. Pero tampoco conviene olvidar que ese capítulo, como tantos otros, quedó saldado el 14-M. El error del responsable de la diplomacia española es acudir a una tertulia televisiva pendenciera para abordar cuestiones de Estado. Y confundir el Parlamento con un plató de la cadena que ellos controlan. La televisión que han traído los socialistas está sustituyendo a las Nurias Bermúdez y a las Malenas Gracia por los Moratinos y los Ibarra. Con gran éxito, por cierto. Hoy los ministros acuden a los debates con la obsesión de ser la estrella de la noche. Aunque para ello tengan que utilizar las mismas armas que sus antecesores: descaro, incontinencia verbal, irresponsabilidad y desenfreno. Puro espectáculo. Los ministros se están especializando en este tipo de programas. La telebasura ha quedado ya anticuada. Ahora se lleva la telebronca. Y Moratinos demuestra, con una profesionalidad envidiable, que sabe alimentar estos grotescos espectáculos. Peter Ustinov, tan divertido y tan inteligente él, decía que un diplomático no es más que un jefe de camareros a quien, de cuando en vez, se le invita a sentarse. Pues así es Moratinos. Un jefe de camareros a quien Zapatero le ha entregado nuestra diplomacia.