ESCUCHÉ de viva voz al conselleiro Pérez Varela, en Vilalba, anunciar el maná audiovisual que va a caer sobre Galicia en forma de innumerables estaciones de televisión y emisoras de radio. Era consciente de asistir al anuncio de un parto de los montes pleno de inconvenientes, sin ventajas evidentes. Conocí en mi infancia madrileña el nacimiento de TVE, la televisión única que los chiquillos veíamos en 1956 con las narices pegadas a los grandes establecimientos de la Gran Vía. Tardaríamos en tenerla en casa, momento en el que comprobamos que era como el No-Do pero a domicilio. Después he tenido ocasión de vivir desde dentro nuestra televisión autonómica y alguna local, de estudiar las privadas, y la conclusión siempre ha sido desoladora en lo relativo al servicio al público. Hasta cuatro experiencias traumáticas he conocido y temo que la quinta, la que nos vaticinan para ya mismo en la Galicia de 2005, va a hacer que cambiemos el dicho taurino y que en la televisión pase lo contrario que en los toros: que sí hay quinto malo. No hay ninguna garantía, sino al contrario, de que la proliferación de medios privados sea buena para nadie. Excepto para quien concede las licencias, si es que encuentra estómagos agradecidos. Los empresarios se toparán en buen número de casos con negocios inviables, que si quieren mantener a flote tendrá que ser, probablemente, a base de aceptar todo tipo de presiones pagadas de uno u otro modo. Los profesionales contarán las más de las veces con puestos precarios. Y lo más importante, la audiencia no verá satisfecha su necesidad de una información plural y una programación digna, porque la carencia de recursos empresariales lo impedirá. No digamos nada de los medios públicos, porque está por existir la primera experiencia de radio o televisión que, adscrita a una institución oficial, sea independiente.