VIGO ES una ciudad a la italiana. Al igual que ocurre en la bella península mediterránea, la ciudad avanza, progresa, compite, con independencia o incluso al margen, de los avatares de la política local. Desde la instauración de la democracia Vigo no ha logrado consolidar un liderazgo político, la cohesión institucional no ha pasado de ser un objetivo reiterado en los sucesivos planes estratégicos, pero que se quedó escrito en el papel. Los políticos vigueses no han sabido proyectar, y mucho menos construir un modelo de ciudad. Tengo a la vista una encuesta hecha pública recientemente en la que los políticos con los curanderos y videntes ocupaban los últimos lugares en la valoración del prestigio profesional entre la población española. Probablemente en Vigo han sobrado curanderos y faltaron videntes. Políticos que se han limitado a aplicar remedios caseros a situaciones mal diagnosticadas e incapaces de descifrar el brillante futuro de la ciudad. Pero no pasó nada, salvo el caos urbanístico y del tráfico, porque donde faltó un buen político, surgió un gran director Vigo, sin conductor político, ha encontrado un director, un empresario-director, una de esas personalidades ligadas a la vida económica de una de las ciudades más emprendedoras que conozco, como otras veces ocurrió en la historia de la ciudad. Y por eso Vigo es importante, no porque tenga más o menos habitantes, sino por su capacidad emprendedora. Un caso inusual en un país que piensa, vive y se gobierna desde la subvención y del amiguismo. El éxito vigués guarda relación con la gran multinacional del automóvil instalada en Vigo. El éxito de la empresa, basado en su competitividad y su productividad, se fue trasladando poco a poco a la ciudad, también por la inteligente percepción de la necesidad de mejorar la relación empresa-ciudad, de optimizar la sinergias empresa-ciudad. De esa simbiosis ambas organizaciones siempre ganan. Han sido decisiones brillantes, contundentes. Los empresarios vigueses se han armado, han logrado una vertebración que para sí quisiera el resto de Galicia: Citroën y una bien reconducida Zona Franca; los clusters y centros tecnológicos del automóvil, del granito, de la pesca, del textil; la gran plataforma logística de Salvaterra para la integración del sistema portuario galaicoportugués; propuestas de puentes de peaje en la ría, son iniciativas audaces y activadas por el tejido empresarial local. La ciudad se expande con él hacia periferias más extensas cada vez, y nuevas autovías, la lucha por la gran velocidad, el metro, una posible red ferroviaria de cercanías de ámbito suprametropolitano, son iniciativas que marcan el despegue de una ciudad que, como su aeropuerto, supera los objetivos que los múltiples planes, algunos perdidos en la estanterías municipales,le han asignado. Vigo es ya un ejemplo de cómo puede reaccionar una ciudad ante la amenaza de la deslocalización, convirtiendo lo que solo era un centro de ensamblaje de automóviles en un conglomerado tecnológico y logístico de la automoción. Un proyecto de ciudad avanzado, innovador, competitivo, y excelentemente dirigido. Es desde esa misma dirección desde donde se anuncia ahora un centro de conocimiento. No hay duda que Vigo camina correctamente hacia esa sociedad del conocimiento. Pero todo este potencial se encuentra con las restricciones de una lenta, mal gestionada y peor planificada política urbanística. Las empresas buscan al otro lado del Miño ese espacio que la ciudad no supo acondicionar. Vigo se sale del mapa. Resulta esperanzador constatar como mientras la Galicia política se encoge, la Galicia urbana y empresarial se sale del mapa. Aunque esta ciudad no haya tenido políticos videntes sino sólo curanderos.