LA NOVELA de Carlos Ruiz Zafón, titulada como este encabezamiento, ofrece toda clase de satisfacciones para el lector más exigente: intrigas, misterio, escritora refinada y un gran conocimiento y amor por la literatura. Ya el inicio es un guiño. Antes, García Márquez había empezado Cien años de soledad con esta frase: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a descubrir el hielo». Esta frase parece inspirada de Pedro páramo de Juan Rulfo: «El padre Rentaría se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto...». En La sombra del viento , Ruiz Zafón remeda: «Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados». La diferencia consiste en que García Márquez es barroco, y Zafón, ibérico y no tan exuberante. Estas invocaciones literarias son fecundas en literatura. El ejemplo más lejano en mi memoria procede de Artemidoro, que comienza su Interpretación de los sueños con estos versos de Homero: «No porque yo cediese por pereza o por insensatez...». (Ilíada , canto X). Cervantes, con todo lo que significa, cogió la celebérrima frase del principio del Quijote «En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía...», la pudo sacar del Romancero : «En un lugar de La Mancha, que no le saldrá de su vida...», o de Aladino y la lámpara maravillosa : «En la capital de un reino de cuyo nombre ahora no me acuerdo había un alfayate...». Es posible que cuando Muñoz Molina escribió:«Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca...», se acordara también de Juan Rulfo: «Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo». Por supuesto, no se trata de plagios -de los que hablaremos pronto-, sino de homenajes o ramas de un árbol común que se alimenta de sus propios frutos. Quién podría acusar de semejante pecado a san Juan de la Cruz, que escribe: «Amante en el amado transformada», que coció de Petrarca: « L'amante nell'amato si transforma ». Luis de Camoens incide: «Transformarse o amor na cousa amada». También lo hace Montemayor: «Después que ya en mi seno/amor se me aposenta/ y en él soy transformada». Por no cansarlos, termino con León Hebreo: «El perfecto amor del hombre y de la mujer es conversión del amante en el amado con deseo de que el amado se convierta en el amante». ¿No sería una blasfemia decir que el santo poeta, Petrarca, Camoens y León Hebreo cometieran pecados de plagio? A modo de colofón, voy a reproducir dos párrafos. Uno, de la Sonata de Primavera de Valle-Inclán, y el otro de las Memorias de Casanova: Nuestro escritor dice: «Caballero, poned atención en lo que voy a deciros y libraos de la tentación de menospreciar mis avisos; pudiera costaros la vida...». Siglos antes, el italiano Casanova había escrito: «Joven caballero, poned atención en cuanto voy a deciros, y líbreos el cielo de menospreciar mi aviso. ¡Acaso pudiera costaros la vida!». Esto quiere decir que el admirado don Ramón leía mucho. Y trabajar con obras de diversos autores es arte de taracea, el resultado normal de quien vive inmerso en la literatura.