CONVIENE no precipitarse en el juicio sobre la sonora dimisión de Colin Luther Powell como secretario de Estado. Menos comprometido para hacernos una idea de lo que puede suponer, es contar la evolución de este símbolo del self made man o, si lo prefieren, del sueño americano, que demuestra -y es un decir- que se puede ser hijo de emigrantes jamaicanos de color, nacer en el Harlem, criarse en el Bronx, pelear en Vietnam como soldado raso, estudiar a la vuelta con una beca la carrera militar y llegar a ser millonario (seis millones de dólares por su autobiografía de 1995, dos conferencias mensuales a 60.000 dólares unidad y accionista de granes corporaciones multinacionales), secretario de Estado en la Casa Blanca (primer hombre de color que llega a este puesto) o, como a punto estuvo de ocurrir en 1996 si hubiera cedido a las presiones de un sector del Partido Republicano, candidato a la presidencia del país más poderoso de la tierra. Es verdad que Powell coordinó las acciones militares en la guerra del Golfo Pérsico contra Irak por su invasión de Kuwait en 1990/1991; pero no es menos cierto que, después de los atentados del 11-S y ya como secretario de Estado, privilegió la diplomacia frente a la fuerza y el pacto con los aliados para organizar una coalición internacional contra el terrorismo. Es verdad que fue el autor del consenso en el Consejo de Seguridad de la ONU que supuso la aprobación de la resolución 1441 que amenazó a Irak con graves consecuencias si no procedía a un desarme incondicional; pero tan cierto como ello es su intervención valiéndose de montajes y supuestas muestras de ántrax (es decir, mentiras) en febrero de 2003 en la ONU pretendiendo demostrar que Irak contaba con armas de destrucción masiva que justificaban la guerra ya inminente y que Estados Unidos desencadenó contra la opinión del Consejo de Seguridad. Pero quizás el peor dato de la dimisión de Colin Powell sean sus declaraciones al Financial Times de la pasada semana, asegurando que en su segundo mandato Bush continuará con una política exterior «agresiva», es decir que «no va a cambiar de rumbo o dar marcha atrás». Y es el peor dato, porque la trayectoria del secretario de Estado invita a pensar que prefiere ser paloma a halcón, y se ha visto abocado a presentar su dimisión.