JUEVES al mediodía: escucho la voz de la que fuera corresponsal de TVE en Washington, la periodista Núria Ribó, en Catalunya Radio -Radio Nacional de Catalunya-, conduciendo un programa en el que se colocan las cartas encima de la mesa de todos aquellos temas sociales que, vaya contrariedad, como un nítido espejo dicen lo que somos y que tanto a políticos como a cronistas de la política disgusta tratar. No sé si será porque les parece vulgar lo que afecta a la inmensa mayoría, porque pone el dedo en la llaga y ahí duele, porque les obliga a mirar lo humano precisamente a ellos que son divinos o porque lo político se ha convertido en reto profesional cuyo rigor consiste en hacer lo justo para eliminar al contrario y poco más. La globalización ya se encarga de llevar las aguas a un molino no apto para náufragos. El caso es que por Núria Ribó me entero de que, según datos facilitados por la Fundación Un Sol Món de Caixa de Catalunya, en España un 33% de la población mayor de sesenta y cinco años es pobre y de ella la mayoría son mujeres. Vamos bien. Pero sigamos con las cifras que, al menos, son objetivas: en nuestro país viven algo más de dos millones de personas viudas, la mayoría mujeres y de esta cifra un 84% vive con una pensión que no llega a los cuatrocientos cincuenta euros mensuales: son los afortunados. Los hay que su salario de pensionista llega a los ciento cincuenta euros. El estudio es más amplio y preciso pero considero suficiente lo expuesto como para que se le ponga la carne de gallina a quienes presuman de conservar cierta decencia. Hablamos mayoritariamente de personas que, en el caso de las mujeres, cuando vivía su marido y estaba en edad laboral, dedicándose a las labores propias de la mujer, como se decía en tiempos del dictador Franco, o sea a cuidar de la casa, marido e hijos, gozaban de un celebrado bienestar, lo que significa pocas estrecheces y nada más. Ahora que nos envanecemos de la modernidad alcanzada, aquella generación es la gran excluida porque no entra en el saco de los temas importantes según las pautas de conducta que hemos convenido normales. De lo expuesto concluyo que las viudas no son más que un decorado a reciclar en cada campaña electoral. Del resto ya se ocupará alguna ola de calor como ocurrió en Francia. Ya ven ustedes como son las cosas: a algunos nos trastornan cosas de poca importancia. Disculpen la contrariedad.