Las lecciones de una guerra

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

10 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

TODAS LAS personas de orden, en pura terminología de Bush, estamos de acuerdo en que el terrorismo es un gran problema, y que debe ser combatido con todos los medios que sean eficaces. Lo difícil es saber qué instrumentos son válidos para atajar esta lacra, qué precio podemos pagar en esa cruel moneda llamada «efectos colaterales», hasta qué punto podemos seguir deteriorando las libertades de los ciudadanos y los controles democráticos de los gobiernos, y qué características va a tener el mundo en el que vamos a vivir los días que nos quedan. Puestos a hacer preguntas, también debemos cuestionarnos si el terrorismo es el mayor problema que tiene la humanidad (por encima del hambre, el sida, las mafias económicas y las dictaduras institucionalizadas). E incluso cabe plantear la dura pregunta de si el terrorismo es el tumor original, que genera las metástasis de la dictadura, la enfermedad y el hambre, o si sucede exactamente al revés. Lo malo es que los grandes poderes del planeta se lanzaron a la guerra antes de reflexionar sobre estas cosas. Y por eso resulta imposible articular un discurso racional que, manteniendo como objetivos prioritarios el orden, la libertad y la paz social, ponga en cuestión la forma escogida para atajar el terror. Ello no obstante, después de dos años de guerra, podemos hacer un balance elemental de las metas alcanzadas. La amenaza terrorista es hoy mayor que nunca. Europa y Estados Unidos viven en vilo ante el fantasma islamista. Los muertos por atentados posteriores al 11-S se cuentan por miles. Las naciones que han experimentado el terror en sus carnes se han triplicado. El conflicto palestino está en su fase más cruel, mortífera y desesperada. África es un polvorín incendiado. El precio del petróleo amenaza el bienestar de los opulentos y la supervivencia de los pobres. El Estado policial y las leyes restrictivas de la libertad y de las garantías individuales avanzan sobre las democracias desarrolladas. La guerra, la tortura, la represión y los juicios militares forman parte del lenguaje ordinario y de las políticas de seguridad. Y nadie piensa ya en una ordenación del mundo que no sea la ley del más fuerte. ¿Y los terroristas? Destruimos Kandahar para coger a Bin Laden y se escabuyó. Calcinamos las montañas de Afganistán para coger al jeque Omar, y se nos escapó en una moto. Arrasamos Kerbala para coger a un clérigo chií, y hubo que dejarlo marchar. Arrasamos Nayaf para capturar a Al Zarqawi, y se esfumó. Cogimos a Sadam, y sumimos a Irak en el caos. Pero no todo son desgracias. Porque en Estados Unidos van a juzgar estos día al chófer de Bin Laden. Un balance colosal para la U.S. Army.