Después de Arafat

OPINIÓN

07 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EL GOBIERNO de Israel ha logrado convencer a muchos de que el presidente palestino, Yaser Arafat, era parte del problema, pero no de la solución. Yo mismo, cuando Arafat frustró los buenos propósitos que encarnaba Mahmud Abbas (Abu Mazen) como primer ministro y lo forzó a dimitir, creí ciertamente que con él (y con Sharon en la otra trinchera) no había salida para el conflicto, es decir, no había Hoja de Ruta que pudiese avanzar, por más que la impulsasen EE.?UU., la UE, Rusia y la ONU. El final del líder palestino nos coloca ahora ante una nueva realidad, y pronto sabremos si también era parte de la solución. El consenso nacional logrado por trece organizaciones palestinas, que puede desembocar en una dirección colegiada, está muy lejos de satisfacer al Gobierno de Sharon, y también lejos de satisfacer al reciente ganador de las elecciones americanas, George Bush. Entre otras cosas, porque entre ellas figuran Hamas, Yihad Islámica y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, es decir, los grupos a los que Israel imputa el terrorismo que sufre y que, paradójicamente, ahora comparecen como una garantía de paz interna en Palestina. Sin Arafat al timón, lo que hay es un vacío de poder, que tratan de llenar, con aparente éxito, sus fieles Ahmed Qurei y Mahmud Abbas, dos hombres fuertes en la nueva situación. El objetivo es una dirección transitoria en la que todos estén representados, para ofrecer al mundo una imagen de orden y de unidad del pueblo palestino. Y si este logro no incluye una radicalización, la conquista no será pequeña. Pero, ¿quién cree en un feliz resultado de tanta y tan heterogénea unión? No el Gobierno de Israel. Ni el de Estados Unidos. Ni siquiera la Unión Europea, siempre tan dispuesta a creer. La esperanza aumentará si se consolidan liderazgos como el de Abu Mazen y otros que ganaron credibilidad en el intento de encontrar vías de entendimiento. Pero esto no parece fácil. Lo único seguro es que la desaparición de Arafat sí es parte del problema y de la solución. Y no podía ser de otro modo. Arafat es el símbolo más incontestable de la Palestina actual. Pero su herencia todavía es una gran incógnita.