CONOCÍ a Fraga cuando sus espaldas cargaban ya ochenta años. Como tantos otros, quedé impresionado por lo que almacenaba aquella mente. Créanme, para impresionarme a mí, que traté a varios Nobel y un par de medallas Fields, no es fácil. En ese primer encuentro, rodeados de varios testigos silenciosos, mantuvimos prácticamente un « tête-à-tête » en el que dirigí astutamente la conversación por mor de ver lo que daba de sí aquel hombre reputado eminente. De Tito Livio a Vargas Llosa pasando por Balaguer, no había tema que no dominara. La apoteosis se produjo, e insisto en que hay testigos, cuando hablando de historia cité de memoria: « Signoque dato, iuventus romana ad rapiendas virginit discurrit »; replicó escuetamente, sin pedantería: «Tito Livio, Historia de Roma, Tomo IV, El rapto de las sabinas ». Para nota. A Fraga me lo presentó mi gran amigo -y camarada en la ardiente defensa de la unidad de España- José Manuel Otero Novas. En ese sentido, también considero a Fraga un camarada -algo más descentralizador y « progresista » que yo, por utilizar palabros de moda- merecedor, en estos tiempos de irresponsabilidad, de dar la cara por él sea cual sea el precio que este modesto escribidor tenga que arrostrar en términos de desprestigio e impopularidad. Pero como no pertenezco al PP ni en mi vida busqué ni busco recompensa política alguna ni de otra índole, me siento libre para decirle al compatriota Fraga las cuatro verdades del barquero, llegado el caso, toda vez que por encima de la camaradería, pero muy por encima, están Galicia y España. Acabo de volver a encontrarme a solas con él. Acudí preocupado a la reunión toda vez que un amigo, cuyas informaciones son siempre fiables, me dijo que el presidente de la Xunta daba síntomas de fatiga, hasta el punto de dormirse cuando recibía visitas. Mi amigo, siempre honesto, confesó no obstante que él no había hablado con Fraga, pero que otros de su confianza sí lo habían hecho. Total, decidí comprobar por mí mismo. Mi dictamen es el siguiente: la capacidad intelectual de Fraga sigue siendo excepcional. Otra cosa es que acierte al tomar las decisiones que toma, pero eso ya no me concierne a mí analizarlo, pues es terreno estrictamente político. Pero si Fraga no tuviese suficiente energía cerebral para defender con el arrojo y lucidez de otrora la herencia de nuestros antepasados, se lo haría saber por todos los conductos que tengo a mi disposición. Que no son pocos. En cuanto a los informantes de mi amigo, quizás sea cierto que hayan visto dormir a Fraga, no lo pongo en duda, pero es que hay gente que cuenta cosas tan intrascendentes y aburridas que hacen dormir a un santo. Edgar Neville no es que fuera pelma; sin embargo se durmió dando una conferencia. En España lo de dormir poco siempre se ha considerado cosa de genios, y dormir mucho, de abotargados. En una ocasión, en una tertulia en el Gijón, uno de los presentes dijo, en plan presuntuoso, que sólo dormía seis horas, ganándose inmediatamente la réplica de otro que presumió de dormir cinco, hasta que el más atrevido impresionó al resto y zanjó el concurso de méritos a la genialidad por vigilia interpuesta afirmando que él sólo dormía tres horas al día. Como estaba presente Unamuno le preguntaron cuántas horas dormía, y don Miguel, seguro de su genio respondió: «Yo duermo doce horas diarias. Ahora bien, cuando estoy despierto estoy mucho más despierto que ustedes». Pues algo así es aplicable a Fraga.