Con Dios de su lado

| FELIPE FERNÁNDEZ-ARMESTO |

OPINIÓN

03 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

ABRAHAM LINCOLN -el presidente que dejó libres a los esclavos de Norteamérica- apostó por la democracia porque «siempre se puede engañar a algunos, y por un rato corto a todos, pero no puedes engañar a todos por siempre». Ya sabemos que no es cierto o, por lo menos, que no es suficiente. Puedes engañar a muchos durante tanto tiempo como para ganar unas elecciones. Lo acaba de hacer George W. Bush. Según las últimas indicaciones, este presidente, después de haber iniciado una guerra injusta y haberla llevado con incompetencia manifiesta, y a pesar de su política económica aplastante y su política medioambiental destructiva, sigue apoyado por la mitad de sus conciudadanos. Ha ganado las elecciones a pesar de haber abandonado todas las mejores tradiciones del pueblo norteamericano: su generosidad para con el resto del mundo, su tolerancia, su postura acogedora hacia los inmigrantes, su amor a la paz, sus valores científicos. El gran truco político de siempre -iniciar una guerra para explotar y engañar el patriotismo del electorado- lo ha devuelto a la Casa Blanca. Y es más. Bush saldrá de su victoria más convencido que nunca de ser el elegido de Dios. Aprovechará un Congreso mayoritariamente de su propio partido. La política estadounidense se volcará aún más hacia la extrema derecha. Bush elegirá a los conservaduros más jóvenes disponibles para rellenar las vacantes en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Desafiará, complaciente y hasta gozoso, a las Naciones Unidas y a la opinión internacional. Favorecerá cada vez más los grandes monopolios y la industria petrolera. Soñará con más guerras, aunque afortunadamente parece poco probable que vuelva a tener dinero para pagárselas. El liberalismo seguirá vilipendiado. El mundo se pondrá más inestable por el crecimiento del terrorismo, la proliferación de nucleares y la decadencia económica de los EE.?UU. Al cabo de todo, si aguantamos cuatro años más de Bush, lo más probable es que Hilary Clinton le sucederá. Es como entregar el mundo al emperador de Mordor, para luego confiarlo a manos de la Bruja del Norte. Todo eso es previsible. Pero otro aspecto de la situación actual, que no se ha comentado todavía, me parece aún más temible. Como ya expliqué en una crónica anterior a los lectores de La Voz de Galicia, la motivación de alrededor del cincuenta por ciento de los electores que apoyan a Bush es religiosa. Algunas sectas de la religión evangélica en EE.?UU. se han convertido en un movimiento político de extrema derecha, convencida de que los norteamericanos son los favorecidos de Dios y de que George W. Bush es su apóstol. El gobierno de Bush será cada vez más un gobierno sectario, a la disposición de una tendencia enorme pero todavía minoritaria, que exigirá a la sociedad seguir normas inaceptables para gente de otras creencias y otras culturas. Los que somos católicos no debemos pensar que esa gente nos sea simpática. Nuestra religión lleva salvaguardas contra el fanatismo: respetamos la razón como un don divino, con la obligación de someter la mayoría de nuestras creencias a criterios lógicos; y tenemos la tradición de la Iglesia y la disciplina del sensus catholicus -el pensamiento unido de todos los santos y doctores de la Iglesia- que la jerarquía nos obliga a aceptar humildemente. Desde el aggiornamento del papa León XIII, podemos seguir siendo católicos mientras respetamos la necesidad, en un mundo culturalmente plural, del Estado laico. El protestantismo de derechas, tal como se pratica en los Estados Unidos de la actualidad, no es así. Es una religión de sentimientos entrañables que no respeta ni la razón ni la tradición. Sus creyentes construyen su propia ortodoxia, que les permite, por ejemplo, iniciar guerras cuando les dé la gana, insistir en su derecho de llevar armas y perseguir a los que no les gusten: musulmanes supuestamente terroristas, homosexuales, pobres mujeres víctimas del aborto, gente pobre que se ha entregado a manos de criminales, no por ser irremediablemente malos sino por la opresión de la sociedad y la falta de oportunidades económicas. Los ricos, en cambio, bajo esa óptica, muestran signos de favor divino. Se trata más del fariseísmo que de la fe de Cristo. El interés del mundo exige que nos opongamos a tal tendencia y nos unamos con los que abogan por una sociedad abierta a todos. Se comenta mucho el supuesto choque de civilizaciones que nos amenaza con nuevas guerras mundiales. No me lo creo. Lo que veo yo como la gran amenaza a la paz del mundo no es un choque de civilizaciones sino un conflicto de culturas, un nuevo Kulturkampf como ese que inició el canciller alemán Bismarck contra la Iglesia católica en el siglo diecinueve. Esta vez, la tradición ilustrada de Occidente -que reconoce la necesidad de una sociedad regida por la ciencia, la razón, la tolerancia, y el humanismo- se hallará frente a una religiosidad que rechaza el Estado seglar e insiste en una política basada en doctrinas santificadas por nada más ni nada menos que las emociones de sus partidarios. En este conflicto de culturas, lo razonable se opone al fanatismo. Los fanáticos apuestan por las guerras, los razonables por la paz. Curiosamente, George W. Bush y Osama bin Laden, a pesar de su enemistad mutua, son ambos del lado fanático. A fin de cuentas, Bush tiene más en común con Bin Laden que conmigo. Los dos son guerrilleros de Dios, que militan para imponerse a los demás. Y si Bush tiene más en común con Bin Laden, yo tengo más en común con los ateos. El hecho me deja inquieto, al borde de una nueva y desconocida fase de la historia. © Felipe Fernández-Armesto