AL IGUAL que los australianos, los americanos han respaldado a su presidente en un momento histórico crucial. La aparición de Bin Laden en campaña no generó miedo electoral. La América profunda respondió al desafío acudiendo en masa a las urnas para apoyar una política activa contra el terror. Es un país fuerte y decidido, de valores claros y curtido por los aciertos históricos en la modernidad, un país imprescindible para el mundo. Sin él Europa continuaría sumida en las guerras civiles por la hegemonía continental entre franceses y alemanes. A su fuerza militar debemos la derrota del fascismo, a su ejemplo económico la prosperidad, a su visión histórica la derrota de la mentira comunista. Kerry no podía ganar las elecciones porque un dirigente que tiene que consultar las encuestas antes de responder a un vídeo amenazante está incapacitado para la dirección en los momentos decisivos; la sociología mediática no es la fuente de los principios. Con sus limitaciones y errores, Bush ha seguido la política de intervención armada para erigir democracias pluralistas en un mundo islámico teocrático y dictatorial, que es la cosmovisión estratégica de mayor alcance de nuestro tiempo. No ganó los debates formales con Kerry, pero ganó la batalla de las convicciones, la apuesta de la credibilidad. Entre nosotros ha sido penosa la visión transmitida desde las televisiones estatales, públicas y privadas, de la campaña y realidad americanas. Ha sido un ejemplo de partidismo deformante, una exposición permanente al ridículo sin cautelas. Han querido adoctrinar más que informar, condicionar más que explicar y en su descaro han calificado a los electores republicanos como una suerte de peleles teledirigidos, a veces fanáticos religiosos, otras prepotentes sin cultura y siempre armamentistas irresponsables. Nunca dijeron por ejemplo que a Bush lo apoyaba el mejor equipo de premios Nobel de Economía de la historia, incluyendo al último laureado. Nos han querido mostrar un pobre hombre cegado por traumas infantiles, movido por complejos y caprichos inconfesables. Así no se entiende a Bush, ni a EE.UU., ni nada de nada. El Gobierno de ZP queda tal como es, un gobierno accidental dirigido por un político de circunstancias. Nuestro prestigio por los suelos, nuestro futuro internacional en la incertidumbre, y aun encima la ciudadanía -a la que se orientó unilateralmente por Kerry-, triste y cabreada. Con todo, creo que no nos merecemos esto, no somos un país relevante ni un pueblo que haya hecho grandes cosas, pero estábamos en un buen camino, modesto pero próspero, y ahora tendremos que sufrir las nuevas mentiras de la reinterpretación, ajustada al canon progre, de los resultados naturales de la elección americana. Y quizás otras cosas más.