El mal francés

OPINIÓN

EL PRÓXIMO líder del centro derecha francés, Nicolás Sarkozy, ha aprovechado su último gran acto oficial como ministro de Finanzas (la presentación en la Asamblea Nacional de los presupuestos generales del 2005) para hacer sonar la alarma por la «espiral infernal» de veinte años de mala gestión en Francia, que han desembocado en una economía endeudada, burocrática, improductiva y generadora de paro y de desigualdades. El acto fue la semana pasada, pero su eco aún perdura y se expande. Sarkozy, que asumirá próximamente la dirección de la Unión por un Movimiento Popular (UMP, el partido de Chirac), hace tiempo que se manifiesta sin pelos en la lengua a la hora de criticar la situación. Y esta vez, apoyándose en un informe de Michel Camdessus, ex presidente del Fondo Monetario Internacional (FMI), ha hecho un balance demoledor de la economía francesa. Según él, «Francia está hoy en la situación de una familia endeudada hasta las cejas, que gasta mucho más de lo que gana, que no tiene dinero para dar educación a sus hijos y que todavía decide trabajar menos». ¿En qué se nota algo tan dramático? En que «la deuda pública aumenta» y en que el peso de sus intereses «disminuye el margen de acción del Estado». De modo que, «si no se toman medidas, el sistema estallará con violencia». Porque «Francia lleva veinte años perdiendo terreno con respecto a sus vecinos y aliados. Desde hace más de diez años, Francia trabaja menos que sus primeros interlocutores económicos. Perdemos terreno. Retrocedemos». ¿Se puede ser más contundente? Sí. Sarkozy aún fue más lejos al recordarles a los franceses que, por medio de la deuda pública, están trasladándole a sus hijos «una herencia envenenada: ellos tendrán que pagar nuestro déficit y el descontrol de nuestro gasto». ¿Soluciones? Las hay. Pero pasan por empeorar la política social del Estado, haciendo que la gente trabaje más horas, se contenga el salario mínimo y se bajen los impuestos. O se da ese aldabonazo o el mal francés se extenderá, con nefastas consecuencias para el país. Así de negro lo pintó Sarkozy y nadie corrió a desmentirlo.