PROFETA en mi tierra, porque amo y conozco sus intríngulis, pronostiqué hace días que, entre las posibles formas de solucionar la crisis abierta por Baltar, el presidente Fraga escogería la peor. Y, a la vista de lo que está sucediendo en el congreso regional del PP, se cumple mi vaticinio en todos sus extremos. Porque, lejos de aclarar situaciones y limpiar los caminos del futuro, lo único que se persigue es ganar las elecciones, aunque sea a costa de crear una ejecutiva regional en la que se amalgaman personas irreconciliables y visiones de Galicia sencillamente contradictorias. Claro que, en pura teoría, Manuel Fraga aún tiene posibilidades de ganar las elecciones por mayoría y dirigir la Xunta en la nueva legislatura. Y en tal caso, apenas tendría importancia lo que está sucediendo en este congreso. Pero si no obtiene su quinta mayoría absoluta, o si decide hacerse sustituir antes de cinco años (uno que falta y cuatro que quiere ganar) la situación del PP será dificilísima, y nadie podrá evitar un enfrentamiento entre familias (la palabra es de Fraga) que amenaza con llevarse por delante a Núñez Feijoo y a todo lo que significa renovación y cambio. Otro aspecto importante es el que afecta a la moralidad política de las personas y los partidos. Porque la crisis abierta por la rebelión ourensana sirvió para que muchos miembros relevantes del Partido Popular se quitaran la careta e hiciesen confesiones muy claras que nadie les había pedido. Por ellos sabemos que una parte esencial de las reivindicaciones provinciales y provincianas tenía relación directa con las posiciones de privilegio que ostentan los grupos organizados en torno a los jefes locales. Y por eso resulta desconcertante que, sin mediar palabra, ni expediente, ni rectificación, veamos a Fraga rodeado de todo lo que dice denostar y perseguir. La última advertencia es para Mariano Rajoy, que actuando en esta crisis como don Tancredo, se configura como el directo perdedor de una apuesta hecha a favor de un solo objetivo y una sola interpretación de la victoria. Después de colocar a Núñez Feijoo en la pole position de la sucesión, parece que se le está segando la hierba debajo de los pies. Lejos de premiar la fidelidad de Palmou, se le deja en una situación insostenible, atado de pies y manos. Y en vez de preparar una sucesión ordenada y tranquila, se acumula leña a un conflicto que ya está enseñando los dientes. Y eso es como jugarse el futuro del Partido Popular de Galicia a la carta más alta. Si sale bien se gana todo. Pero si algo sale mal, se pierde incluso la esperanza.