EL EJERCITO francés y el alemán, otrora encarnizados enemigos, no sólo cada dos por tres participan conjuntamente en maniobras militares sino que protagonizan actos comunes de desagravio e incluso de fraternidad. Pero algunos de los que alaban esa voluntad de entendimiento, allí donde reinó la ferocidad más extrema, llegan hasta la quejumbrosa teatralidad histérica del aspaviento indignado si en España los octogenarios contendientes de la guerra civil se funden en el abrazo de la reconciliación. Aquí, los profesionales del rencor necesitan mantener vivo el espíritu guerracivilista porque de ello depende seguir siendo los voceros oficiales del odio cainita. Único protagonismo que su mediocridad les permite asumir, si bien a veces obtienen no poca influencia social y rentabilidad política. ¡Qué no hemos escuchado por la invitación institucional a un viejo soldado de la División Azul para los actos del 12 de octubre! Tanto rencor no parece normal pero precisamente por su desmesura permite comprender, en el actual contexto, los excesos reivindicativos de la Generalitat respecto a Companys y la incapacidad de cierta izquierda para entender la irresponsabilidad de no encarar una autocrítica de la revolución de 1934 ?mojón que marca el verdadero comienzo de nuestra contienda civil? en los frentes de Asturias y Cataluña. Con abrumadora solvencia, Pío Moa, sufriente héroe de la libertad de expresión raptada por pusilánimes mandarines universitarios, trata estos temas en su reciente libro 1934. Comienza la guerra civil, prologado por Stanley Payne. La tesis en sí no es seminal, pues con anterioridad Gerald Brenan había calificado la insurrección de 1934 como la primera batalla de la contienda, e incluso yo, modestia aparte, le urgí varias veces a Moa para que enfocara sus reflexiones desde ese ángulo que, también es cierto, él había desbrozado limpiamente. ¿Tanto sectarismo invade a la izquierda para no aceptar un debate honesto al respecto? ¿Temen perder el monopolio del victimismo hábilmente explotado, empezando por el nietísimo? ¿O es que no se consideran competentes para discutir serenamente con Moa en los foros adecuados y no les queda otra opción que escurrir el bulto y acuchillarlo desde las páginas de sus plataformas mediáticas? Este es el problema. Mientras la acobardada universidad cerraba filas temerosa del arrumbamiento de los mitos guerracivilistas que ha avalado, ha tenido que ser un outsider de personalidad instintivamente honesta, cabal y tan rica como la del gallego Pío Moa, enjuto y entrañable cascarrabias, quien se encare con la España consciente de su nombre y de su historia y de aparecer a estas horas como analista responsable de ese puñado de experiencias comunes, crueles, anacrónicas, estremecidas y sombrías que jalonan nuestro siglo XX. Sin embargo, el libro ?pese a su inmediato contagio político, pese a su fe vehemente, pese a su ingenuidad latente?, escrito en el corazón de la madurez que guarda aún los desgarros de una juventud difícil y ferozmente herida en el alma, debe entenderse como la voluntad de evitarle a esta otra juventud de hoy la desazón que el autor vivió. Porque es en el fondo un canto contra la fealdad revanchista, contra la tristeza irremediable de la imperfección cainita, toda vez que por debajo del lenguaje profesional late el afán desesperado de la española fraternidad.