ME parece bien que la asignatura de religión sea optativa. Desde un punto de vista técnico, como profesor universitario que lleva quince años en ejercicio, debo anotar, sin embargo, una rareza. En todo este tiempo he trabajado en bastantes universidades de varios países y jamás he visto en parte alguna una materia que ni es evaluable ni cuenta para nada. Una asignatura así es un fantasma de asignatura. En la enseñanza secundaria, más. Entiendo, incluso, que no sume en la nota media, como la religión, la gimnasia y, me parece, la «Formación del espíritu nacional» del franquismo no contaban para reválidas y becas. Pero que no se evalúe es casi como quitarla. O peor, porque deja a los profesores en una patética indefensión, sin el menor recurso para la exigencia. No es eso lo que piden la inmensa mayoría de los padres: más del 75 por ciento, y en algunas zonas, más del 80. Tampoco sé por qué el gobierno, que dice responder siempre a las demandas sociales, se resiste a satisfacer esta, mucho más fiable y abrumadora que algunas de las estadísticas que le han servido para justificar recientes medidas polémicas. Quizá las claves sean otras: más oscuras, menos académicas.