UNA DEMOCRACIA madura requiere una sociedad activa. La intensidad y continuidad de la participación sirven para medir la calidad de un sistema democrático. Una primera y esencial manifestación son las elecciones periódicas. Pero una democracia participativa, en expresión recogida en el proyecto de Constitución europea, demanda algo más. Reducir la participación ciudadana a esos importantes momentos, revelaría una cierta anemia social. Los partidos políticos, como dice la Constitución española, son instrumentos fundamentales para esa participación política, que se reconoce como un derecho fundamental. No deben monopolizar todos los cauces de participación. En algunos países, la necesidad de la participación viene urgida por la desconfianza hacia aquellos, unida, con alguna frecuencia, a fenómenos de corrupción. En los que esa situación no es significativa, se precisa también una presencia activa de la sociedad. Las democracias entre las que nos situamos, descansan prioritariamente en la representación, aunque reconocen manifestaciones directas. Más allá de lo estrictamente ordenado, la consulta popular es conveniente cuando están en juego asuntos de importancia general, ante los que se crean dos posicionamientos contrapuestos. Así procedió el Gobierno socialista de Felipe González con la NATO. No pareció suficiente la aprobación en el Parlamento; se acudió al referéndum. Ahora mismo existen proyectos que suponen la ruptura de una tradición cultural de muchas centurias sobre matrimonio y adopción, instituciones que no se crearon ayer y menos en la legislatura anterior. Una mayoría en el Parlamento no es congruente con la profundidad de las reformas proyectadas, ante las cuales la sociedad debe manifestarse directamente. La participación social, al margen de los procesos electorales, es de singular importancia, cuando se utilizan los sondeos y las encuestas de un modo creciente para orientar y justificar las decisiones de gobierno. Constituye una advertencia y un estímulo para una sociedad acomodada, que prefiere no tener problemas, salvo cuando les afecten directamente. Y de un modo muy especial, para quienes se encuentren en posiciones de rectoría social. Nuestra historia reciente ofrece elementos para la reflexión. Aún teniendo mayoría parlamentaria, no se puede gobernar en contra de la mayoría de la sociedad. De ahí, la necesidad de manifestar las propias opiniones, y no digamos las convicciones profundas, para que no se tome como expresión de la sociedad en su conjunto, lo que es reflejo de un activismo parcial. Vale también para el interior de los partidos. El silencio en el caso de la guerra de Irak resultó elocuente. En este finisterre tenemos también una evidencia de la utilidad de la participación social. Sin la reacción ciudadana primigenia con motivo del Prestige, no hubiera nacido el Plan Galicia. Sin la defensa de lo que eso supone, en términos de justicia y de progreso, realizada por medios de comunicación social, singularmente el que me acoge, el Plan no seguiría vivo. Una sociedad activa es un reclamo de la solidaridad intergeneracional. El futuro se construye o se destruye hoy, para no hacer del mañana un muro de lamentaciones.