El asilo de Vilalba

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EN LOS BUENOS restaurantes de Santiago se lleva mucho la firma. Se piden las viandas, se hacen algunos gestos que demuestran el hábito de la buena mesa, y, una vez concluído el negocio, se firma la factura. Luego, cuando hay papel acumulado, se envía el fajo a la Xunta, donde se pagan la cuchipandas a precio de gestión pública. La única excepción, dicen, es Enrique López Veiga, a quien es frecuente ver en restaurantes corrientes, donde paga su factura como hace todo el mundo. Por eso hay mucha gente que lo tiene por excéntrico y mal amigo, porque, en vez de seguir la norma general, se dedica a poner en evidencia a la enorme caterva de segundones que abusan del poder. Esa debe ser la explicación de por qué al conselleiro de Pesca se le fue la olla y dijo en público lo que todo el mundo comenta en privado: que hay gente que se enriquece de forma escandalosa en la política y que, al amparo de la indestructible reputación de Fraga, pulula un enjambre de aprovechados que ni siquiera se preocupan por disimular. En provincias, dicen, sucede lo mismo, y, mientras Lugo y Ourense se llenan de habladurías, la Diputación de Pontevedra hizo efectivos los escándalos impunes que salpicaron los mandatos de Mera y Cuiña, y que ahora se repiten, con tinte cutre y aldeano, bajo la presidencia de Louzán. Fraga acaba de proclamar, como ya hiciera Felipe González en similar situación, que está limpio de polvo y paja. Y yo se lo creo a pies juntillas, con la misma fe que tuve también en González. Pero mucho me temo que uno y otro cometieron el mismo error, y que, en vez de haber servido como paradigma de una administración austera y ejemplar, acabaron sirviendo para dar cobertura a muchos y grandes desmanes que sólo afloran al final de sus mandatos. Empeñado en ser la excepción de todas las reglas, el presidente de la Xunta acaba de dar esquinazo al caso Louzán, diciendo que no es juez, y que sólo responde de sí mismo. Pero cometería una enorme equivocación si, en vez de entrar a depurar los asuntos que asoman en la punta del iceberg, trata de ganar la indulgencia plenaria que salve su biografía. Se puede ser honrado y tener una casa confortable. Se puede vivir de la pensión de catedrático sin ingresar en un asilo de beneficiencia. Y se puede servir a España sin descuidar el gobierno de la casa que nos acoge como personas y vecinos. Lo que no se puede es acabar bien si todo lo que nos rodea empieza a oler como la Dinamarca de Shakespeare. Y eso es, por desgracia, lo que amenaza a Fraga. Lo que le pasa, sin excepción, a los que sólo miran por sí mismos, sin ver como pace el resto de la manada. Porque esto, como diría Cuiña, no hizo más que empezar.