CUANDO el médico nos mandó llevar a mi hermano a Urgencias, eran las nueve de la noche. «El viernes es mal día para ir allá», dijo. Pudimos comprobarlo. Fueron llegando ambulancias del 061 y coches particulares con gente nerviosa que aleteaba impotente alrededor de alguien más o menos destrozado. Había dos policías con un preso joven que tenía fracturada una muñeca. Lo trataban como a un hijo. Había un hombre delgadísimo con la cara llena de rozaduras y arañazos. Encendió un pitillo en medio de la sala y se puso a hablar solo. Un señor gritaba amenazante porque, según él, estaba a punto de morir. Llegó un chaval en camilla con cara y manos destrozadas. Le pusieron un enorme collarín, casi un casco. Se lo quitó y pidió un pitillo. La doctora le calmó. Le preguntó qué había tomado. Reconoció una copa de Licor 43. Más tarde mencionó la cocaína. Pasó un médico. «Vaya panorama», dije. «Peor será dentro de tres horas». Los médicos y los auxiliares se movían serenos, sin descanso, sin reparar en los desaires. Estaban a lo suyo. A curarnos. Ellos sí que son expertos en humanidad, me dije al pisar la alfombra de colillas que se espesaba en la puerta. Y les di, les doy, las gracias.?psanchez@udc.es