LOS RESPONSABLES jerárquicos de la Iglesia española sienten que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha entrado en su estatus con la maza y el cortafrío. Esta percepción subjetiva tiene que ver, por un lado, con el hecho cierto de que Zapatero quiere dar a la política de su Gobierno un aire decididamente laico, y, por otro, con la evidencia de que es la Iglesia española una organización acostumbrada al trato privilegiado. El asunto religioso ha sido en España tradicional motivo de lucha a garrotazos y quizás por ello Felipe González guió con extraordinaria delicadeza las relaciones con la Iglesia -a pesar de su mayoría absoluta-, temeroso no sólo de Dios, también de abrir una vía de enfrentamiento con un sector no precisamente socialista, que gozaba entonces de enorme predicamento entre amplios sectores de la ciudadanía. Los gobiernos socialistas, desde 1982 hasta 1986, no tuvieron en su agenda el afán de darle una pasada por el laicismo al país. Baste recordar que el auge de los centros concertados en la enseñanza -ideario religioso en la docencia, ayuda económica pública en la financiación- se registró bajo el mandato socialista. No parece que estemos ahora en la misma situación. Hay una serie de medidas, como el matrimonio entre gais y entre lesbianas -que podrán adoptar niños-; la supresión de la religión como asignatura obligatoria y evaluable; la nueva mirada a los protestantes, judíos y musulmanes; las reformas en la ley del aborto, entre otras, que han creado una sensación de vértigo en la jerarquía eclesiástica, que siente no sólo que se atacan sus privilegios, percibe además que se combate a la sagrada familia. Esta sensación de la jerarquía eclesiástica tiene que ver también con la posición a la defensiva que acostumbra a mantener, con la penuria de figuras relevantes en el pensamiento español que defiendan sus posiciones y no es ajena al daño que le hace la defensa de su imagen por parte de sujetos con discursos de extrema derecha que anuncian sin piedad el fin del mundo cada mañana. Pero lo que no puede evitar la Iglesia es que la sociedad española actual sea radicalmente distinta de la que se encontró Felipe González. Hoy España es un país de forma de vida laica en el que hay generaciones que sólo conocen la democracia en su vida. Hoy la sociedad española tiene, además, un atracón diario de basura en las televisiones. En ese clima de democracia a borbotones, de iconoclastia sin fronteras, de escasa querencia por las jerarquías y con los medios de comunicación bombeando dosis diarias de valores que están en las antípodas de los que la Iglesia representa, es normal que cualquier cambio en el estatus de privilegio sea percibido como si de una catástrofe se tratara. Hoy la gente se separa en masa, los matrimonios son cualquier cosa menos para toda la vida y los que más creen en el matrimonio son los gais y las lesbianas. En España, no son cifras oficiales, hay entre siete y ocho millones de personas que van a misa todos los fines de semana, pero este enorme sector de población no marca la agenda como antes. La Constitución española dice que somos un estado aconfesional, que es una especie de situación mediopensionista, a horcajadas entre el palio y el laicismo. Lo cierto es que hoy España es una sociedad laica, me atrevería a decir que es laica incluso entre algunos creyentes, que no se atreven ya a hacer proselitismo y casi piden disculpas por sus creencias, de las que no hacen, por supuesto, la menor ostentación. La Iglesia española no puede pretender con este Gobierno mantener su amplio catálogo de privilegios, por la sencilla razón de que la mayoría de la sociedad ya no lo entendería.