«ELES NON SON coma nós, os da Coruña, Lugo e Pontevedra», me explicó una vez en México Lucas Amil, un socialista de Cecebre que a sus 95 años es uno de los últimos exiliados republicanos en el Distrito Federal. Salíamos del San José, una cafetería del centro a la que Lucas va todos los días a encontrarse con sus paisanos de Avión y Beariz. Rompe así las viejas barreras entre exiliados (republicanos) y emigrantes económicos (franquistas) por un motivo capital: Es el único sitio donde puede hablar en su lengua materna. «Hai duas clases de galegos, os de Ourense e o resto», opina Lucas Amil. Tal vez tenga razón, aunque no está muy claro si simplemente son los más genuninos. Ourense parece la única provincia gallega que puede haber superado su artificial génesis. Allá por 1833 el ministro Javier de Burgos dividió Galicia en cuatro trozos, como quien parte una empanada. Una de las porciones se quedó si mar, lo que ha dado pie a otra teoría, la de la Álava galaica. Ourense sería lo más castellano de Galicia. Un frágil planteamiento sin más base que alguna coincidiencia paisajística. El hecho diferencial ourensano transita por otras correidoras, esas en las que se pueden escuchar brillantes predicciones, en forma de jeroglífico, sobre lo que va a suceder con el supuesto cisma de Baltar. «Rachar xa rachou, outra cousa distinta e se vai partir ou non», decía estos días un cualificado dirigente del PP ourensano, quien no descartaba, incluso, que se reeditara la coalición del 89 y los de Baltar se presentasen en coalición con Fraga... En el Ourense del minifundio municipal hay casi más alcaldes que vacas, un cuarto de los asalariados son funcionarios y el PP tiene su gran reducto para salvar la mayoría absoluta.