DESDE MI OTERO
23 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.EN ESTOS DOS largos y benditos meses que pasé en Mallorca tuve, entre otros placeres, el de compartir un almuerzo con Cristóbal Serra, escritor por el que tengo tanta devoción que hasta oso compararlo con Álvaro Cunqueiro. Es un hombre a quien su tierra, la profundidad festiva con que abarca diversos y hasta esotéricos temas, lo han convertido en un escritor universal. Reacio a los elogios, a los reconocimientos espectaculares, se complace en un aislamiento dulce e irónico, del que algunos le queremos sacar ante su mirada incrédula y temerosa del bullicio. Uno de los temas recurrentes en la obra de Serra es el burro, y gracias a este bípedo nos hemos encontrado. Tras unos minutos de charla, y visto mi cariño por los pollinos, Serra decidió proponerme para miembro honorífico de la Cátedra de Asnología de Palma. Creí entender que esta cátedra, con alumnos y bedeles, consta de cinco o seis miembros. Pude exponerle méritos para merecer tan alta distinción. Hace años se creó en París una asociación llamada Platero , de la que formábamos parte Octavio Paz, Juan Goytisolo, Elena Garro, yo y pocos más, cuya misión consistía en denunciar las burradas y brutalidades que se cometen con este ser pacífico y resignado. Recuerdo que la asociación me envió a Villanueva de la Vera, en la provincia de Cáceres. Fue durante los carnavales. Uno de esos días sacan del ayuntamiento a un muñeco de trapo que respondería al nombre de Pero Palo si no lo molieran a golpes desde su aparición en la calle. Va el pelele montado en un burro de carne y hueso que soporta toda clase de animaladas, de gañanes sobre su lomo, y de jotas y tambores ensordecedores. Tuve que hacer un informe sobre lo que vi; para ello me entrevisté con la gobernadora civil, una socialista apellidada Eyzaguirre. Muy amablemente, y con cierta retranca, esta señora me aclaró que el burro del año anterior estaba ejerciendo entonces de semental. Me puse a reflexionar que si cuando yo era joven me dieran a mí tal somanta, no existirían ahora ni Manu, ni Antoine ni mis tres nietos, maravillosos como todos. Tenido por símbolo de la ignorancia, de la grosería y de la testarudez y a pesar de ser la irrisión general, el asno fue antaño el más servicial de los animales. Las deidades paganas bien que lo acogieron. Además fue de uso caballeresco entre los antiguos, fueran jueces israelitas o cónsules romanos. Y las damas de aquellos pueblos cabalgaron sobre sus lomos. Por eso no desdeñó llevar a Jesucristo el día de su apoteosis en Jerusalén. En el mundo antiguo siempre tuvo un puesto importante. Los evangelios lo sacan a relucir cuando nace el Niño Jesús, para que no quede aterido par el frío. Participa en su salvación poniéndolo a buen recaudo en Egipto. Por todos estos títulos, que no son pocos, la vox populi le recompensó con el privilegio de ser el único que soporta los fulgores del rayo. Bien observados sus lomos, aparece en ellos una cruz sobre su pelaje, signo de la protección divina. ¡Y el rebuzno! Habrá que tenerlo en aprecio, aunque no sea ruido grato a los oídos musicales. Es hambre de amor, y este apetito merece todo mi respeto. Sobre todo el de la hembra, más penetrante y claro que el del macho. De unas palabras de Plinio se colige que hubo rebuznantes (imitadores de rebuznos) en los anfiteatros romanos. Debieron ser éstos los primeras en descubrir el arte rebuznatoria; otros lo llevarían a la perfección, como Apuleyo en El asno de oro y Cervantes en el Retablo de Maese Pedro : «No rebuznaron en balde / el uno y el otro alcalde».