EN LA PELÍCULA Sopa de ganso , Groucho Marx despotrica, satírico y demoledor: «Tenemos que hacer una guerra. Ya he pagado un mes de alquiler del campo de batalla». Si el presidente Bush hubiera esgrimido esta razón para atacar Irak, no se hubiera encontrado con el revés político de unas armas de destrucción masiva que se niegan a existir ni con la imposibilidad de probar la relación de Sadam Huseín con Al Qaida, también inexistente. Sin embargo, después de la brutal agresión del 11-S, el presidente de EE.?UU. necesitaba emprender una guerra antiterrorista cuanto antes, y enseguida se puso manos a la obra, con total indiferencia hacia la ONU y los informes de sus expertos sobre la inverosímil implicación de Irak en los atentados. Bush ya había elegido el campo de batalla cuando empezó a enviar tropas a la zona y a reforzar las bases desde las que lanzaría su ataque. Siguiendo con la mordacidad preventiva de Groucho, diríamos que por entonces ya había pagado «un mes de alquiler del campo de batalla», el primero de los muchos meses que ha tenido que pagar después y de los que todavía vendrán. Porque, ya fuera de la sátira grouchiana, los campos de batalla siempre se alquilan (es decir, se ocupan) por tiempo indefinido. A la vista de todo esto, la realidad política de Bush debería ser crítica. Y lo es en el mundo, pero no en EE.?UU., que es donde se dirime su reelección el próximo 2 de noviembre. El actual presidente está logrando convencer a la mayoría de los votantes de que el conflicto de Irak es un frente de la guerra contra el terrorismo. Un frente correcto, no un error de cálculo, como estuvo a punto de reconocer en un momento de debilidad. Y ya casi nadie le pregunta por las falsas pruebas que se urdieron para justificar una guerra innecesaria, brutal y estúpida. Acongojados por una amenaza terrorista que no ha hecho más que aumentar, una buena parte de la ciudadanía mira hacia ese hombre que en la convención republicana de Nueva York no tuvo el menor empacho en presentarse como el líder militar necesario para defender a su país y derrotar al mal. Un argumento electoral muy valioso en un país que se cree en guerra. ¡Si Groucho levantase la cabeza!