DESDE SIEMPRE se ha tratado de visualizar la geopolítica con ayuda de las figuras geométricas. Así, ejes, vértices, polígonos diversos, figuras asimétricas, áreas y espacios, han llenado las páginas de teorías para hacer comprensibles los movimientos estratégicos de las naciones. En la arquitectura europea se está construyendo la base que, si en principio sólo tenía un eje (París-Berlín), pronto pasó a constituir un triángulo al añadirse el tercer vértice en Londres. Las demás capitales, como Madrid, Roma o Varsovia, se quedaron fuera. Inevitablemente ya son periferia del polígono-base que por supuesto ha situado su centro en la astuta e inamovible Bruselas. La capital belga juega siempre a estar en todo el entramado europeo alegando razones geopolíticas. ¿Y qué papel le toca a España? Pues para los constructores de Europa, a España le corresponde el papel de nación-puente entre continentes, y no en exclusiva, pues este rol también lo disfrutan países como Italia y Portugal. Puente, lugar de tránsito, de unión entre dos partes, Europa-América y Europa-África. Pero claro, en la España de las Autonomías, también se juegan distintos roles regionales. Porque no es lo mismo el papel de una autonomía atlántica que el de una mediterránea. Todo esto debería ser tenido en cuenta por quienes piensan que España es puro sur, mediterráneo y africano. La reunión que esta semana ha tenido lugar en Madrid no ha servido más que para dar el espaldarazo europeo al nuevo líder español por parte de quienes, aunque no sea tenido en cuenta, están tocados del ala en sus respectivos países. Pero a pesar de todo son los constructores de Europa. Así, por mucho que se quiera, cada país es lo que es, y la realidad termina por ponerlo en su sitio. Es cuestión de geometría-geopolítica, que la historia se empeña pertinazmente en demostrar a lo largo de los siglos.