18 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

NO ES una película perfecta, de esas que te cortan el aliento, te pegan al sillón y hasta podrían conseguir acallar la ingesta, masticación y deglución de palomitas. Quizá no es el Kubrik que con veintinueve años rodó Senderos de gloria , ni el Welles que, a los veintiséis, hizo la que se considera mejor película de todos los tiempos, pero Amenábar llegará muy lejos, porque a los treinta y dos años ha hecho un buen filme con los ingredientes de una historia tremenda, que siento no haber seguido en su día más de cerca, distanciado por el exceso mediático, y que él narra con sutileza, disecando como un cirujano plástico tanto la dimensión colectiva de Galicia, la de la parroquia, la de la familia, la del entramado social, como los afectos que en torno a ella se tejen. Siempre con esa dualidad: la lucha por el ideal, que es en este caso un propósito ideológico y otras veces son afanes penosos y forzados como el de la emigración, y al mismo tiempo la aceptación de la predestinación, de la fatalidad, de la muerte; viene siendo lo del paso adelante y el paso atrás que, a veces, lleva a detenerse en medio de la escalera. Afectos poliédricos, de geometrías diferentes; tangentes, como el de la cuñada, oblicuos, como el de la abogada, opuestos, como el del hermano, superpuestos, como el del padre o el del sobrino, secantes como el de la mujer que ayuda a Ramón Sampedro a aproximarse a su objetivo, que nos hacen descubrir las caras de la realidad a través del rostro, la mirada y el acento de un excepcional Bardem, junto al que Mabel Rivera y Celso Bugallo demuestran lo grandes que son, distanciándose de las trivialidades alimenticias del mercado interior. Muy adentro nos ha llegado una película que nos radiografía tal como somos, defectos y virtudes, imágenes positivas y negativas, coloridas, grises, opacas, translúcidas, dando a entender aquello a lo que podríamos aspirar si fuéramos capaces de desprendernos de una parte de lo que dicen que somos, porque sencillamente ya lo éramos: la complacencia en una identidad fabricada polos nosos devanceiros que invita tantas veces a adoptar la posición confortable del que contempla pasar las cosas; de liberarnos de los estereotipos que la política, los ismos y el espectáculo mitifican, sacralizan, banalizan, reduciéndolo todo al absurdo del exceso gastronómico, la esmorga interminable que sirva para entrar en el Guiness , al tiempo que sin querer, o quizá queriendo, evitan mostrarnos el camino de las dificultades individuales y colectivas que dan un sentido a la posición de andar. Muy adentro hay que llegar para discernir entre todas estas capas y plantearse el desafío de una comunidad que sea capaz de asumir el pasado para ponerlo al día, de vivir el presente, porque no hay otro, pero también de ser críticos con él y generar la suficiente disconformidad para tener el anhelo de otro futuro que no sea siempre la repetición de un ritual. Muy adentro nos llegan un director y un actor jóvenes que, sin ser gallegos, nos describen sin necesidad de morriña ni enchentas ni gaitas en tropel -Carlos Núñez sí sabe hacerlo bien-, porque al final, entre la amalgama de imágenes de la Galicia oficial que deforman la realidad, estamos nosotros, en un país hecho a caballo entre el mar y la montaña, que nos encoge y estira la piel y la curte hasta generar una cáscara exterior formada por nuestro cuerpo, animada por un alma que a veces, como en Mar adentro , logra mostrarse como es.