Gran Hermano

OPINIÓN

TRESCIENTOS mil jóvenes españoles de ambos sexos se presentaron como concursantes en las fases previas de selección del programa televisivo Gran Hermano en su nueva edición. El dato es en sí mismo tan revelador como inquietante y refleja el modelo social y cultural elegido por una parte de nuestros jóvenes que ambicionan el minuto de gloria suprema que les proporciona la televisión y de ahí ese supuesto salto a la fama perecedera de quien no tiene más méritos que sus pretensiones de ser conocido y popular. no es un programa, es la televisión misma que pervierte el discurso, es este modelo de televisión que no educa entreteniendo, que ofrece falsos paraísos a quien la consume y protagoniza, que va dejando juguetes rotos y frustraciones entre un universo de jóvenes que son víctimas a plazo fijo de la gran manipulación mediática que no ofrece ninguna clase de expectativas. Y no escribo únicamente acerca de un programa, escribo de un país que es el mío, y evito extrapolaciones europeas. GH no es un concurso, es un diagnóstico sociológico del comportamiento colectivo de un segmento de nuestra sociedad, es una manifestación del infantilismo crónico de buena parte de nuestros muchachos, es un ensayo general para desviar atenciones y dirigir intenciones. GH es la gran coartada mediática para alcanzar unos objetivos que mucho tienen que ver con la desmovilización de importantes capas sociales, con la aculturización creciente que hace mella en la más débil de las clases sociales, en crear una cultura del comportamiento esencialmente acrítica, preparando bajo estos y otros supuestos del pensamiento único, a lo que ha dado en llamarse nueva sociedad. El GH no deja ningún cabo suelto y mientras la historia va saltando a trompicones entre guerras preventivas y atentados salvajes en el corazón de los telediarios, los concursantes, que por cierto no incluyen ni un solo libro en sus equipajes, no hacen referencia alguna en sus conversaciones a los supuestos problemas que teóricamente sufren, como la falta de trabajo, el acceso a la vivienda, no hablan nunca de política y sus aspiraciones van por los derroteros de los nuevos códigos que circulan en torno a los términos fashion , glamur, metrosexual y platós refrendados por el manido «que se entere España entera». Aunque España vaya por otro lado, y vivamos otras realidades, instalados como estamos en una cultura de las hipotecas, en la discusión virtual del modelo de Estado, en el referéndum de la Constitución europea, en el espejismo del Plan Galicia, en la pesadilla universal del terrorismo y las guerras, en llegar a fin de mes, en los aplazamientos de la ministra de Fomento y en la no sucesión de o noso candidato . Está claro que estamos equivocados, que vivimos en otro país donde no hay sitio para los trescientos mil aspirantes a un concurso televisivo instalados en la dialéctica del cotilleo. Qué le vamos a hacer.