TENÍA QUE pasar. Antes o después tenía que pasar. Tantas buenas palabras, tanto buen talante, tanto diálogo, que al final tenía que ocurrir lo que ha ocurrido. Que al presidente Zapatero empieza a caérsele el discurso. Empieza a no ser creíble y a resultar pesado y hasta mojigato, diciendo que sí a todo. Los trabajadores de Izar, por ejemplo, tienen un cabreo monumental con él. Porque se han dado cuenta de que su promesa de salvar los astilleros públicos no fue más que una pirueta imprudente e inoportuna e imposible de cumplir. Zapatero se ha metido en un fangal del que a ver cómo sale. Por desconocimiento y ligereza. Y ha llenado las calles de barricadas, neumáticos ardiendo, pelotas de goma y trabajadores encapuchados. Porque ellos sí que saben que tienen un futuro laboral inviable y porque, además, se sienten engañados. Los trabajadores de la naval saben mejor que nadie que su sector no es competitivo, ni siquiera dentro la UE. Los trabajadores saben que construir aquí un barco puede ser hasta un 50% más caro que hacerlo en países orientales. Ellos son conscientes, como lo somos todos, de que sus empresas han permanecido abiertas gracias a inyecciones constantes de dinero público. Los trabajadores de los astilleros conocen que los costes laborales en nuestro país no son competitivos. Y saben también que los últimos años han sido de una dolorosa agonía por los continuos reajustes de plantillas y pérdida de producción. Los trabajadores de la naval saben todo esto y mucho más. Como lo sabemos todos los que leemos los periódicos. Salvar el sector no depende de una buena gestión, de un plan de segregación o de dar entrada al capital privado. Hoy salvar los astilleros españoles depende más de un milagro. Y en los milagros, por lo visto, ya sólo cree el presidente Zapatero.