LA TAREA de la filosofía es pensar la vida y vivir ese pensamiento. Nietzsche decía que había que acabar con los ídolos de la metafísica y la religión, hacer estallar como globos sus ilusiones consoladoras. Según él, sólo importa la intensidad de la vida, independientemente del contenido al que pudiera aplicarse esa intensidad: «Mi doctrina enseña lo siguiente: aquel para quien el esfuerzo sea la alegría suprema, que se esfuerce. Aquel que ame ante todo el descanso, que descanse. Aquel que ame ante todo someterse, obedecer y huir, que se someta, obedezca y huya. Pero que sepa bien cuál es su preferencia y no vacile ante ningún medio». El siglo XX ha sido el de los derribos: la muerte de Dios y de las grandes utopías humanistas. ¿Qué nos ha quedado? ¿Qué fe, qué esperanza, qué filosofía? ¿Un mundo en definitiva trágico y absurdo? ¿La necesidad en su forma más mediocre y estúpida? ¿El suicidio, los antidepresivos o la ensoñación de la realidad virtual como únicas salidas? Por sus frutos los conocereis¿ Precisamente porque vamos a morir y lo sabemos, porque vamos a perder a nuestros seres queridos y porque la trivialidad y el tedio amenazan nuestra vida cotidiana, merece la pena plantearse la cuestión del sentido de la existencia, la pregunta por la vida buena, qué cosas no son negociables, de ningún modo relativas o indiferentes, pues en su ausencia lo que se dibuja en el horizonte es la guerra de todos contra todos, el hastío existencial y la depresión a niveles hasta ahora insospechados. ¿Es realmente eso lo que queremos sacralizar hoy en nombre de la desacralización de todas las cosas? A fin de cuentas, y sin afán de ofender, digan lo que digan los filósofos del martillo, su pensamiento es insostenible y necesitamos reconocer que no somos nosotros los que inventamos los valores en el orden de la verdad, la moral, la estética o la política. En relación con todo esto, creo que puede seguir siendo pertinente la célebre distinción estoica entre las cosas que dependen de nosotros y aquellas otras que no, así como la exhortación práctica que conduce a la felicidad y la sabiduría: preocuparse únicamente por las primeras y abandonar las segundas a su suerte. Claro está que hay que realizar con mimo y esmero la clasificación, porque de lo contrario estaríamos abandonando a su suerte aquello que sí podríamos cambiar, y eso sería una lamentable omisión (y cobardía).