MUCHOS EUROPEOS creen que eso del sueño americano es algo que pertenece ya al pasado. Por eso se extrañan tanto cuando llegan a algún aeropuerto como el de Atlanta y descubren carteles que les dan la bienvenida a la tierra de las oportunidades, al lugar donde el éxito depende sólo del esfuerzo y del trabajo de cada uno, etcétera. Entonces esos mismos europeos empiezan a dudar si el cartel lleva allí demasiados años e ilustra sobre algo del pasado o si en verdad se refiere a algo en vigor hoy. Y la respuesta es compleja, como se está viendo en la campaña electoral que enfrenta a Bush y Kerry. Uno y otro han apelado -y apelan- continuamente al sueño americano, aunque sea para manifestar que es en lo único en que están de acuerdo. Ni siquiera está claro que hablen de lo mismo, pero se refieren permanentemente a un sueño incuestionable, compartido, que es como el hilo umbilical que une a todos los estadounidenses. Hasta el extremo de que los presidentes más recordados y venerados son los que de alguna manera acertaron a impulsar ese sueño. En nombre de esa idea-fuerza se ha homenajeado hace poco a Ronald Reagan, con motivo de su muerte, y se le han disculpado sus errores y los destrozos que hizo en la política social del país. El sueño americano es el manto mágico que todo lo tapa y que vuelve invisibles las miserias de sus custodios o acrecentadores. Pero los años y las políticas no han pasado en vano, y los escépticos afloran por todas partes. Entre otras cosas porque no es fácil explicar cómo los candidatos Bush y Kerry pueden reclamarse a la vez adalides y representantes de ese sueño, cuando discrepan en cuestiones esenciales que afectan a la vida de los ciudadanos. ¿Es lo mismo que suban o bajen los impuestos? ¿Da igual que se gaste más o menos en educación? ¿Debe intervenir el Estado en la redistribución de la riqueza o es mejor que el propio sistema económico «coloque a cada uno en su lugar»? Abundan ya los americanos que desconfían de que su sueño sea de este mundo. Justo lo que piensan muchos europeos. Pero no nos equivoquemos: el mito todavía sigue vivo y da votos.