LA GALICIA del siglo XXI cuenta con multinacionales propias y muchos genios individuales; ahí está, sin ir más lejos, el chavalote de Aldán. Pero Galicia es también ese país donde las gasolinas se cargan con un impuesto extra, porque no hay fondos que lleguen para el Sergas, desbordado por una sociedad envejecida. Galicia es ese lugar donde sus dos grandes urbes, A Coruña y Vigo, desaguan a la brava en las rías, porque no se termina de ejecutar el elemental saneamiento. Galicia es el sitio curioso donde el aeropuerto de Alvedro no se acaba de conectar con una autopista que pasa a sólo 500 metros; o donde a nadie se le ocurre crear ni una línea de metro, cuando Valencia, Sevilla o Málaga ya están en obras; o donde levantar un segundo puente sobre la ría de Vigo parece una utopía, cuando Rande ya ronda el colapso. Pero la Xunta tiene otras prioridades. El Gobierno gallego se va a gastar este año 54,9 millones de euros (casi 9.000 millones de las viejas pesetas) en la Ciudad de la Cultura, que se viene construyendo desde febrero del 2001 en las afueras de Santiago. Santiago, para satisfacción de todos gallegos, es la urbe con mejor dotación cultural de Galicia en relación a su población. Al margen de los tesoros de la Iglesia y de la Universidad, cuenta con el Auditorio del Monte del Gozo (que se usa menos de una semana al año), dispone del Auditorio de Galicia (que rara vez se llena), del Multiusos del Sar (también infrautilizado como recinto de espectáculos) y de dos teatros. La Xunta le ha costeado también a Santiago un estadio de fútbol de Primera (que ahora se ha quedado sin función) y un museo de arte vanguardista, con tibia afluencia. Por si esas infraestructuras resultasen insuficientes, todos los gallegos estamos sufragando una onerosísima Ciudad de la Cultura, que se va a ir finalmente muy por encima de los 25.000 millones de pesetas. Lo que contendrá la montaña cultural aún no está muy claro, pero se habla de una hemeroteca, una biblioteca, un museo de la historia y otro de la emigración, los fondos gráficos de Galicia y un teatro de la ópera. A diferencia de otras obras públicas que rondan la megalomanía (estilo el Guggenheim o el Fórum), el proyecto de Monte Gaiás no sirve para regenerar una ciudad, porque ocupa un descampado en un monte de las afueras. Dado su tono elitista, tampoco se espera que aporte turismo extra a Santiago, que por fortuna ya funciona excelentemente, merced a la formidable rehabilitación de su casco viejo. La Ciudad de la Cultura es un gasto superfluo, que prima el continente sobre el contenido y margina, una vez más, a las dos locomotoras de Galicia: Vigo y A Coruña. Si se trataba de agrupar los fondos documentales gallegos, ¿por qué no se hace eso en A Coruña, donde están ya el Arquivo do Reino de Galicia y uno de los mejores museos de la prensa de Europa? ¿Por qué no se han llevado otras partes del colosal proyecto a Vigo, ciudad absolutamente relegada por la Xunta en relación a su peso real? ¿Qué pinta el Museo da Emigración en el Monte Gaiás de Compostela cuando el gran éxodo se produjo en los muelles de Vigo y A Coruña? Si preguntásemos a los gallegos quién es Hejduk, el 99% no sabría responder. Pues bien, se trata de un arquitecto neoyorquino, que recibe un sorprendente homenaje en la Ciudad de la Cultura de Galicia: dos torres con su nombre, que le han costado un dineral a nuestro erario público. Joaquín Balaguer presidió durante largos años la República Dominicana. Para dejar huella en la historia, levantó una obra monumental en la capital: el Faro Colón. El faro proyecta tanta luz que, cada vez que se enciende, Santo Domingo sufre apagones. Balaguer se presentó por última vez a las elecciones en el año 2000. Tenía 90 años. Perdió.