LO CONTABA el otro día este periódico. Gustav Meztger, autor de una obra de «arte autodestructivo» (una bolsa de residuos adosada a una mesa cubierta de desechos), se dio cuenta al entrar en el museo donde se exponía su montaje, la Tate Britain , de que la bolsa había volado . Vanidoso, pensó Meztger que un ladrón se había llevado su tesoro para colocarlo en el mercado negro (¡y nunca mejor dicho!) del arte artístico mundial. Pero no. Tras las averiguaciones oportunas pudo constatarse que la bolsa había sido arrojada a la basura por una limpiadora del museo. ¡No saben como se solidarizó con su error! Hace años yo mismo estuve a punto de ser detenido en la National Gallery de Washington por tratar de comportarme como un ciudadano educado y ejemplar. Visitando las salas del museo, creí ver en medio de un pasillo un carrito de limpieza: pero cuando me dispuse a apartarlo hacia un rincón un guardián como un armario me disuadió de un resoplido propio de King Kong. Sólo entonces detecté la placa que identificaba como una obra de arte aquella joya. Es el reino de la confusión en que vivimos, que la pintura expresa mejor que ningún otro ámbito de la vida social o cultural. La confusión, sí, que de todo se ha ido apoderando: del mundo de la moda, donde es posible sacar a la pasarela a una modelo vestida con un saco de arpillera sabiendo que todos aplaudirán tan rompedora creación. O del de la arquitectura, donde auténticos galpones pasan por lugares de culto para la crítica más fisna. O del de la literatura, donde un bodrio como El Código da Vinci puede convertirse en el rey de los best-sellers . Pero no es sólo en el dominio de las artes donde la confusión campa por sus fueros. También en el de las ciencias comienza a hacer estragos. Que se lo digan, si no, a los autores de un trabajo recientemente aparecido en una revista científica selecta en el que no había ni una palabra de verdad. O al gran coñón de Georges Perec, escritor grande entre los grandes, quien publicó en la Revista Francesa de Ciencia Política un estudio riguroso sobre el efecto que producía en las sopranos el lanzamiento de tomates, citando a expertos tan prestigiosos como Balalaika, Marks & Spencer o Alka-Seltzer. Como es obvio no les castigaré, en fin, hablándoles de la confusión en la política. Para comprobar que la diferencia entre la verdad y la mentira hace ya tiempo que ha dejado de existir en este mundo es suficiente con limitarse a observar los temas del día de la agenda política gallega: el anuncio final de Manuel Fraga confirmando su candidatura electoral; y las sucesivas declaraciones de miembros del Gobierno sobre su voluntad de hacer efectivo el Plan Galicia.