ROBERTO L. Blanco Valdés, arrojadamente lúcido, inteligente, equilibrado y brillante analista político, entre los más de toda la prensa española, escribía hace un par de días ( «Para no bajar la guardia» , 29-8-2004) en estas páginas: «[...] los etarras no conseguirán sus objetivos. No los han conseguido en treinta años; y no los conseguirán aunque lo intentasen otros treinta». Y al hilo de esa afirmación, que suscribo en cada uno de sus términos, pregunto: ¿hay alguien de por aquí que opine lo contrario? Desgraciadamente, sí, seguramente algún gallego habrá que esté por la labor de ETA -seamos sinceros, todos conocemos en nuestro entorno a más de uno- y que alimenta el revanchismo innato de su pobre vida con la fútil autoayuda que procura la interesada credulidad en la victoria final. Ahora bien, después de la ruptura de la tregua en 1999 y a pesar de los de-sesperados intentos de ETA por diseminar el terror por doquier el número de turistas en el año 2000 aumentó en España en millón y medio de personas respecto al anterior. Si últimamente el turismo ya no es la gallina de los huevos de oro se debe a la saturación del ciclo de vida del modelo sol y playa , sin relación con la desestabilización que los terroristas pretendían provocar en el sector. Por otra parte, desde el punto de vista de la cuantificación de víctimas, por muy doloroso que resulte el cómputo, hay que reconocer que apenas tiene incidencia pues, por poner un ejemplo, los 1.300 ciclistas fallecidos en las carreteras españolas en los últimos diez años dan como resultado una tasa de mortalidad del 400%, para este colectivo, respecto a los asesinados por ETA en 30 años. Es decir, ETA es un mal de menor entidad en relación con otras desgracias que sufre España (y los países industrializados, en general) con las que nos hemos acostumbrado a vivir, a beber y a progresar. En cuanto a influencia y proyección internacional, el mensaje de ETA puede considerarse nulo toda vez que su brazo político sufrió rechazo tras rechazo en el Parlamento de Estrasburgo. Mejor, en consecuencia, que depongan las armas dignamente porque siendo todavía capaces los terroristas de armar mucho barullo y poner bombas en un estadio de fútbol o en misa de diez ello aceleraría su fin y desprestigiaría más, si cabe, la causa que dicen defender. Recordemos al respecto que el 95% de su ejército está huido o encarcelado. Entonces, ¿por qué tardamos tanto en vencer definitivamente a ETA? Hay que dejarse de pamplinas y ver las cosas en su cruda realidad: el humus nutricio del terrorismo es el PNV. Antes bien, no se trata de un partido moderado sino de una organización portadora de una ideología teocrática ( «Jaungoikoa eta lagi-zarra» ) y racial extremista que impide la convivencia entre vascos, y entre los vascos y el resto de los españoles. Todo su credo político es una vulgata indecente de aforismos de meapilas y loas a la raza. Si no es así, ¿por qué no renuncian para siempre a la herencia ideológica de Sabino Arana? Cuyos escritos supuran más odio y racismo que los de Hitler. Con tales mentores de la juventud, a nadie debe extrañarle que mientras no se derrote políticamente al PNV no podamos vencer definitivamente a ETA. De momento, sin embargo, lo que cuenta es que en los últimos veinte años, a pesar del terrorismo, España ha alcanzado una renta per cápita equivalente al 87% de la media europea, partiendo de mucho más abajo. ETA no ha podido frenar el crecimiento español ni la confianza de los inversores extranjeros, lo cual es una derrota total de la organización terrorista. Pero es más aun una derrota del PNV dado que el PIB per cápita del País Vasco creció solamente como consecuencia de la sangría demográfica. De la que tiene una aterradora responsabilidad.